La información era una fiesta (entrega I)

Hasta dónde alcanza la mirada– digo, hablo en voz baja. Hasta dónde llega el interés, la nostalgia por el origen. Qué importa. Eso fue hace mil años; después quemaron las iglesias, fusilaron a los santos, echaron pesticidas sobre las supersticiones. Llegaron las palabras y las cosas, las estrellas, los cálculos astronómicos, las bacterias, los diagnósticos, los planos, la geometría del alma. Tanto escrutinio marchitó la gracia, opacó el resplandor que envolvía los corazones. Tu corazón, mi corazón. Construyeron un inmenso transatlántico y un Centro Mundial de Comercio: construyeron, sí, el fatal destino, naufragio, incendio, grito. Se inventaron la catástrofe. Erigir para caer al vacío, proyectar en el espacio para hacer colisión, para explotar en mil pedazos. Tengo escrita esta pequeña historia de nuestra vida en numerosas libretas: el columpio, la abeja que te picó en la punta de la nariz, el terremoto de 1994, la balacera o la celebración. A veces me encierro y desempolvo las cajas, vuelvo a lo escrito, al día que pasó. Camino hacia el olvido y encuentro la vida otra vez; el dolor en la caligrafía de mi abuela, la tartamudez de mi tía, los saludos que mandó fulano, fulana, las noticias: construyeron un puente, mataron al marido de no sé quién, le sacaron la vesícula a Libardo, o Gerardo, el hijo de Lucía salió raro, volteado, mariposón; la vida para ser olvidada, la vida escrita después, cuando ya pasó, cuando fue. Leo esos recuerdos antes de dormir, huelo el papel, recorro el camino viejo de la tinta. Pienso. Muevo la cabeza. Pienso: bien, pues ahora debería llorar. Solo eso, pienso. Apago la luz y digo ahora olvídame, vida.

dolphin

Imagen tomada del Internet Archive https://flic.kr/p/owhWJ5

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