Del sindicato de aves perezosas

Un día se despertó sin saber qué día era y a cuál dios le debía favores. Miró por la ventana y en vez de mar lapislázuli vio un cementerio de carros. El perímetro adornado con festones. La tierra seca, cenicienta. Suspiró.
Los mejores países del mundo tienen nombre de mujer. A ver, hizo cuentas, a ver. Los mejores países del mundo tienen el nombre de una canción;
se bailan, se lloran, se entierran en el alma.
El aire olía a fruta podrida. A fermento, a ropa húmeda, a trópico. En el cementerio de carros había una mujer debajo de un parasol.
Vendía chatarra y bebidas refrescantes. Llegaron dos hombres inmensos a preguntar por algo y la señora los atendió de mala gana. Tanto
bobo disfrazado de hombre, tanto bodoque con sueños y aspiraciones. Les manoteó, impaciente, y los tipos se alejaron sin rechistar. Qué mundo tan raro.

Miró hacia los lejos y alcanzó a divisar una torre de acero. Una especie de grúa altísima con una antorcha en la cima. País de países, tierra de valientes, venerable masa continental.

Lo primero que recordó fue que había un país que tenía por presidente a un pendejo llamado Enrique, y que más al sur de la vida había países que eran como sueños locos y borracheras de padre y señor mío. Él venía de uno de esos lares. Se miró las manos: flacas, como de señorita. Se palpó el vientre para buscar la presencia de una criatura. Un corazoncito palpitando, una patadita. Los mejores países del mundo son como poemas que alumbran en la noche más triste. Son bengalas. Faros, eventos de luz, nostalgias por un cometa que no volverá.
Eructó y lloró al mismo tiempo. No vuelvo a tomar esos destilados, no vuelvo a reírme así. Como no tenía espejos, no supo si era feo o fea o muy inteligente o si había sido un matarife y luego dos veces presidente o manicurista o reina del aguacate.
La vida estaba por inventarse, qué cansancio. Todo va muy rápido, pensó. Todo es de un vértigo tremendo y yo soy un ser medio lento, medio atembado. Se puso de pie y abrió los brazos. Hizo varios círculos en el aire, como preparándose para volar. Uno, dos, uno, dos. Escuchó su voz. Uno, dos…
Se arrodilló. Rezarle a quién, pedirle qué cosa a quién. El piso estaba frío. Conque así de leves y desorientadas se sienten las aves del sur. Soy del sindicato de aves perezosas.
Pegó una oreja al suelo y escuchó que bajo sus pies un hombre cantaba y más abajo una mujer le daba martillazos a una pared y mucho pero mucho más abajo una voz preguntaba si aquella cabeza no sería demasiado grande para ese sombrero, o si habría que ver las cosas desde otro ángulo, si por lo menos podían intentarlo.

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