Nuestra Posguerra, nuestro arte neorreal

     Así empieza el neorrealismo en nuestra Posguerra:

 

una artista libre defiende con sus colmillos el avance del Centro Democrático sobre los campos. Aprovecha una pirotecnia irrelevante para confesarse como autora de una pintura en la que troca el rostro tutelar de la cruzada cristiana en este país por el rostro de un expresidente. Y de paso, revela su obra–inédita–micro aforística en la red social Twitter: maldice al presidente de turno, descalifica a los negociadores de paz y sentencia a los rebeldes. Ni siquiera sé como se llama la artista. Acabo de olvidar su nombre. Es oriunda del sur del país, de las montañas cuya tierra es fértil por el abono que le prodigan tanta sangre derramada y tanto hueso a medio enterrar.
Tampoco sé cómo se llama la senadora que recibió semejante obra como regalo. Acabo de olvidar su nombre. Por ahí están sus palabras, como plagas que revolotean entre los cardos. Pero ya se irán lejos. Dijo que lo suyo era la ironía, el clarosucuro. Soy una mujer cursi y mordaz…Bueno, en realidad no dijo eso. Quiso decirlo. De pronto lo dijo de otra manera: soy bipolar. Recibí el cuadro por deferencia, por educación. Y exhibo el cuadro en mi casa porque me siento identificada con la mordacidad, con la mirada cáustica de la artista. Pero también, debo decirlo, debajo del cuadro hay un altar frente al cual me arrodillo todas las mañanas.
Ya olvidé el nombre del expresidente. Olvidé el nombre sacro del otro rostro y no tengo idea de cómo se llamaba el país. A veces lo sueño pero con el paso de las horas las letras del nombre se esfuman. A esto le llamo vivir en paz.

Sé que debo construir con mis palabras un tiempo por venir. Y por eso me suscribo a la pregunta que Herman Hesse plantea al inicio de «Y si la guerra continúa»: ¿será que los artistas deben empeorar las cosas cuando parece que ya no pueden ir peor?
No deberían hacerlo, claro, pero lo hacen. Así lo dice Hesse más adelante: “(…) todas estas manifestaciones, desde el «rumor» inescrupulosamente inventado hasta el artículo candente, desde el boicoteo del arte del «enemigo» hasta la difamación de las naciones por entero, tienen su origen en la falta de pensar, en una pereza mental que es perfectamente perdonable en el soldado que está en el frente, pero incomprensible en un artista o escritor precavido.”
Hay que inventar ese otro tiempo, y allá estarán todos ellos, enajenados, mutilados, artistas rabiosos, serviles, kamikazes, corruptos, rapaces, sacerdotes y abogados del diablo, todos, entre ruinas y matorrales por los que se alcanzará a dibujar, a lo lejos, la silueta luminosa de las altas torres financieras y las antenas que tocan con sus filamentos la inmensidad.
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Foto: De Johnny Freak – scatto di scena, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=4414366n
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