Con mañita, Saúl*

*Texto publicado en la revista Matera Nº 12. Bogotá, 2014.
http://revistamatera.blogspot.com.co/2014_09_01_archive.html

Por Miguel Tejada

Matera 12

Pasada la media noche habíamos trozado a la tesorera de los huelguistas. Y ahora qué, nos preguntamos, exhaustos. Y ahora, ¿qué?

Los que tienen un trabajo nocturno saben que esta es la peor hora, cuando hay que cruzar con pasitos temerosos la frontera invisible de la media noche, cuando uno engaña al cuerpo haciéndole creer que el sueño es una debilidad que padecen los más idiotas. Cualquiera que trabaje a esas horas esconde un pacto con el diablo. Obreros, ladrones, matones, presidentes; todos le mienten al cuerpo pasada la media noche. Y como toda engañifa, ésta sólo envuelve malas intenciones.

—Esta infeliz tenía más carne que yo, Saúl. Y eso ya es mucho decir—dijo la señorita Tita, exhausta.

—Esa gente es de buen comer, señorita Tita. Quién los ve…

Es imposible vivir instalado en la noche. De día me dedicaba a hacer muebles de madera. Mis acabados, alguna vez escuché por ahí, no eran de lo más fino, seguramente porque mis dedos son gordos. Dedos monstruosos, para no faltar a la verdad. Pero el empeño que me gastaba poniendo clavos y serruchando troncos no lo tenía nadie más en aquel pueblo. Y durante el día, cuando uno está supuestamente vivo, hace lo que hacen los machos solitarios: buscar una hembra. Aunque solo nunca estuve durante el día. Tenía dos mujeres oficiales, una en las montañas, india culibajita y casi muda, y la otra bien atrincherada entre los cañaduzales, ésa más fiera, con cuerpo de pantera. Y claro, tuve muchos hijos. La mayoría hombres, pendejos que se casaban y se dejaban pegar de sus mujeres.

Ilustración: Carolina Bedoya

Ilustración: Carolina Bedoya

De noche me dedicaba a cortar cualquier clase de carne muerta, desde marranos hasta insensatos que se hacían matar por malentendidos políticos. Así como suena. Por andar tentando la suerte. Perdí los escrúpulos siendo muy joven. Trabajé matando ganado y limpiando la mierda de animales de establo y de mujeres ricas que vivían en haciendas a las afueras del pueblo. Nadie que haya limpiado mierda en la juventud puede volver a dormir como una persona normal.

La señorita Tita era una mujer de mejor mundo. De día estudiaba medicina en una universidad que quedaba en Pereira, a dos horas del pueblo. Su trabajo nocturno, a diferencia del mío, era voluntario. Lo hacía por una causa que su abuelo le había enseñado a defender a ella y a todos los que salieron de su simiente. Y claro, de paso ponía en práctica lo que aprendía.

—Dele gracias a Dios porque a sus hijos no les dio por robar gallinas, Saúl. Ya estarían bien muertos.

—A ésos las mujeres no los dejan salir de noche, señorita Amanda.

—Si va a tener más hijos, Saúl, oblíguelos a estudiar.

¿Qué podíamos hacer con los restos de la tesorera? En otras ocasiones se nos habían ocurrido cosas geniales, como preparar caldo de costilla y tripas para los pobres del pueblo, o vender los trozos al zoológico de Pereira. Felices los leones y feliz todo el mundo. Pero aquella vez nos habían ordenado desaparecer los restos sin sacarlos del patio de la casa. Hay ojos en todas partes. Ojos viejos y ojos recién nacidos. Mejor no revelar los trucos.

Esa noche el pueblo entero andaba de fiesta. Teníamos que aprovechar que toda la chusma estaba entretenida con el desfile de la Niña de Tuiza, la virgencita sorda y poliomielítica a la que toda esta gente le reza, para deshacernos de aquel encarte de la forma más discreta. La señorita Tita sugirió arrojar los restos al Cauca, que pasa hediondo y amodorrado muy cerca del pueblo. Pero era un riesgo muy alto, porque el desfile duraría hasta el amanecer, y con toda seguridad habría gente chismosa deambulando por todas partes. Estuvimos cavilando durante largo rato, mientras sobre nuestras cabezas los globos de papel surcaban el cielo de este a oeste, hacia el mar. Palpamos la tierra del jardín, como descartando opciones, pero nos rendimos cuando empezaron a aparecer turrones de cuarzo y pedazos de ladrillo molido bajo las primeras capas. También fueron apareciendo puntas de vidrio y raíces muertas, duras como filamentos de cobre.

—Quemarlos tampoco es una opción—dijo la señorita Tita—La humareda seguro atrae a más de uno, que pensará que estamos cocinando algo para los muertos de hambre.
—¿Y si la picamos más y tratamos de hundirla en esta tinaja de arena?

—Ni se le ocurra, Saúl—dijo la señorita Tita—Ahí están enterrados todos los gatos de la familia.

A esta señorita le gustaban los gatos y las mujeres. Hay que decir que al final, cuando se hizo el respectivo ajuste de cuentas, lo de los gatos le fue perdonado, a pesar de lo insólito.

—Tengo una idea, Saúl. Lo malo es que nos puede tomar hasta tres semanas. Lo bueno es que si funciona no tendremos que movernos ni un metro de este patio.

—Sin demora, señorita, que ya en esto nos amanece.

—Hay que picarla más, eso sí. Usted encárguese de eso que yo me ocupo de lo otro—dijo la señorita, y se fue hacia la parte más oscura del jardín.

Me gasté casi otra hora picando lo que ya había sido picado, y en eso la bulla de los borrachos y la música de las comparsas se fue alejando del centro del pueblo, rumbo al cementerio, donde siempre terminan las fiestas, con una bacanal de la que nadie se acuerda hasta el otro año.

Cuando regresó del jardín, la señorita Tita cargaba con las dos manos una matera de barro. Recuerdo que la vi hablándole muy de cerca a la planta, como diciéndole secretos. Yo en toda mi vida he visto cosas raras, pero nunca llegué a imaginarme lo que la señorita tenía en mente. Ahora entiendo por qué hablaba tanto de la importancia de darle estudio a los hijos.
—¿Y ahora, señorita?

—Preste atención, Saúl. A esta niña le gusta es comer de día, pero dadas las circunstancias, yo creo que podemos pedirle que nos colabore a estas horas ¿Cierto, niña?

La planta medía medio metro. Parecía un rosal, pero en vez de botones tiernos y rosas abiertas de par en par tenía unos bultos verdes con pintas rojas, redondos como cebollas cabezonas.

—Mire, hay que acariciarlas, así, hasta que se despiertan. Yo las acaricio y usted les va dando de a pedacitos. ¡Qué hubo, Saúl! ¡Pero con mañita!

Estaba como pasmado, claro. Pero cuando vi que los bultos empezaron a despertar, abriéndose ellos solos por la mitad, y que los trozos de carne se empezaban a deshacer en una baba amarilla tan pronto uno se los iba introduciendo, entendí de lleno la cuestión.

—A esta le gusta es comer bichos, pobrecita. No están grave, niña…
—¿Y sí será que es capaz de mandarse toda esta cantidad de carne?
—Claro. Si se acostumbra uno a comer matas…

Así nos agarró el amanecer, embelesados. Los gallos de los patios aledaños empezaron a cantar, y en el aire se sentía ese aroma dulzón del humo de las últimas fogatas, mezclado con el tufo que a esa hora empezaba a formarse con los ronquidos de todos los borrachos.

El trabajo estuvo terminado al cabo de un mes. De la tesorera de los huelguistas no quedó ni una migaja, ni una pestaña. Tampoco de la huelga, que se disolvió sin mayor alboroto. La señorita Tita estaba feliz.

—Ya ve, Saúl, esta belleza nos va a ahorrar trabajo.

Yo también estaba feliz, a mi manera.

—Eso sí, Saúl, hay que trasplantarla a un hueco bien grande en el jardín, porque de seguro la muy tragona va a empezar a crecer como palo de guanábana.

Hice lo que me pidió la señorita Tita. Y la planta, en efecto, empezó a crecer como abonada por el diablo. Pero eso fue algo que la señorita no alcanzó a ver. Así son las cosas. No sé si presintió que ya no la iba a ver más. En todo caso, se despidió de la planta dándole besos en los turupes. No puedo olvidarme de esa imagen, y tampoco de la última instrucción que se atrevió a darme:

—Un hueco bien grande, Saúl, porque en esto nos llega otro encargo.

Hubiera podido partirle el pescuezo con mis propias manos, ahí mismo, y ahorrarme tanto trabajo por venir. Pero me contuve, pensando que después no sabría qué hacer con tantas noches libres. Le dije que no se preocupara, que ya me encargaría yo solo de ese asunto, y que se fuera a dormir.

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