Truenos subterráneos (pasaje)

Este texto, que hace parte de una novela aún no finalizada, fue leído por Felipe Pérez, actor y docente del Departamento de Artes Escénicas de la Universidad del Valle.

El diseño sonoro; la construcción de fondos, efectos en vivo y narración a través del sonido, estuvo a cargo del colectivo de Cali Noisradio (Integrado por Stehanie López, César Torres, María Juliana Soto, Nathaly Espitia, Natalia Santa)

La mesa de radio en vivo hizo parte de la programación del 15 Salón Regional de Artistas, zona Pacífico, cuya curaduría fue el proyecto Reuniendo Luciérnagas, a cargo de los artistas Herlyng Ferla y Riccardo Giacconi.

Julio 31 de 2015.

Captura de pantalla 2015-09-10 a la(s) 11.37.15

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TEXTO 3

Sonidos:  Jardín de niños, quema de Caña, San Andresito, Animal Grande. (Aglomeración de gente, guerra, helicópteros intermitentes, barco fantasma)
Gritan en la calle: ¡Hay hambre!

Se escuchan dos estallidos y luego una algarabía. El paso de una bandada de helicópteros arrasa con lo poco que hay en pie ¿A quién buscan, si aquí ya no queda nada?

El túnel de viento que dejan los artillados se desvanece y el trueno viaja con ellos hacia el otro lado del mundo. Hay una nube de tierra amarilla envolviendo nuestros gritos ¿Dónde están nuestros líderes,  dónde nuestros caudillos? Ahí están, bajo las piedras. Callan, temen, se cubren con lo que tienen a la mano ¿Estaremos muertos ya y nadie ha tenido la bondad de decirnos?  Tal vez. Todavía hay unos cuantos sobrevivientes aferrándose a los árboles secos y a las cruces improvisadas, y vuelven a gritar:  ¡Dejen algo!

Chiflidos, mentadas de madre, cornetas, silbatos, y otros dos estallidos. Los helicópteros siguieron de largo y no piensan regresar, no por lo pronto. Se escucha un suspiro de animal grande. Eso también es triste.  Algunos piensan que hay que traer de nuevo el desastre y reproducirlo tal cual, como si fuese un circo del horror que de alguna forma resucita la desastrada economía de este pueblo. Como aquel pueblo que vivió un esplendor comercial cuando un crucero naufragó frente a sus costas. Al día siguiente del desastre, los negocios estaban llenos y los hoteles tuvieron que mandar a traer camas desde la capital. Había periodistas, turistas, ingenieros, chismosos y caza recompensas interesados en la operación de rescate del barco. Eso duró un año. Cuando sacaron a flote el inmenso cascarón y lo deshuesaron frente a los ojos de miles de turistas, el sueño se acabó.

Nadie quiso volver a saber sobre ese pueblo.

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