Mírame, con amor, con enojo

Este texto hizo parte de la exposición “A contraluz“, del artista Giovanny Vargas.
Presentada en Lugar a dudas, Cali, Colombia. Año 2015.

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***

¡Pobre niña! Ella no tiene madre.
Es hora de tomarla en brazos,
y llevarla a la cama,
pero no me muevo,
ni siquiera fumo,
para no quebrar el silencio
y también porque
soy poeta
Esto significa que en realidad
no existen ni el samovar, ni mi hija,
solo tengo una inmensa perplejidad
que se llama: “mundo”.
Y el mundo me quita todo el tiempo.

Vladislav Jodasevich

1.

La niña está acostada en la cama. Con eso debería bastar. La luz que entra por la ventana apenas deja ver sus brazos que parecen de palo, la cabecita hundida entre la frondosidad gris de las almohadas. Y la espalda huesuda, enroscada cual ciempiés. No se ve más.

Todo a su alrededor parece estar muy quieto y olvidado a su suerte, si bien lo que es el mundo afuera no para de crecer con sus grúas y antenas y plataformas petroleras en alta mar.

Por contraste, aquella habitación parece pues la última cueva donde fueron a parar las palabras y las cosas que tuvieron una importancia y la perdieron. Sobre el techo de esa casa vieja hay un gato muerto. Otros de su laya han acudido a su última hora y lo rodean. Por el intercambio de rumores casi eléctricos se diría que fraguan una vindicación del caído. Ya se entiende.

Es una noche tan larga que las horas parecen depender de un inmenso reloj de arena. Puede uno desesperar o alimentar una sospecha.

2.

Con aquella luz tan modesta basta: se ve la silueta azul de la niña sobre el colchón; lo demás se lo traga la penumbra. Quieta ella sobre la cama y quieta la oscuridad que se la quiere tragar. Hay otra condición que acecha a ese cuerpo indefenso. Es el silencio.

Ésa es quizás la manifestación más inquietante de la nada, aun sobre la oscuridad.

Hay que armarse de paciencia para entender esto. Esa ausencia de voz y de texturas sonoras raya en lo imposible, en lo soñado. Así que no hay tal silencio absoluto. Y no hay sonido insignificante; el chasquido que hacen nuestras pestañas puede suscitar un brote de cólera de proporciones bíblicas en una colmena de abejas africanizadas. Podemos pasarnos la vida entera maravillados ante ese espejismo mental que es el silencio, y la niña seguirá quieta sobre la cama.

3.

Lo que parece ser el sonido de su respiración trabajosa es en realidad el crujido del hielo atrapado entre las nubes. Es la atmósfera inquieta, de una violencia contingente. Habría que explicarle eso a la madre que está sentada junto a los pies de la niña; lo que suena es el cielo haciendo crac-crac.

Crac-crac.

Así es el primer cuadro: dos criaturas inmóviles ante el acecho de esa oscuridad. Es la quietud lo que las mantiene a salvo de un asalto mortal, como si la oscuridad fuera una pantera ante la cual es menester guardar la compostura.

Tentado está pues el destino en la imaginación del hipotético observador.

4.

Afuera se habla, ente otras cosas, de la segunda visita del cometa Halley. Puede uno desesperar o alimentar una sospecha. O una esperanza.

5.

Sobre la cabeza de la niña y clavado en la pared está un Cristo de madera que el padre talló para regarlárselo cuando cumpliera los quince años. La mirada del Cristo es de una impotencia angustiosa, diríase que por llevar tanto tiempo en la misma situación de crucificado. Bajo esa mirada protectora del Salvador, madre e hija gozan de una promesa que se mantendrá intacta lo que dure encendido el sol de sus vidas.

La mirada piadosa del milenario Cristo vapuleado nos dice que una o dos vidas no son gran cosa al fin y al cabo, eso si se tiene en cuenta que la misión que le fue encomendada, la de hacerse matar de la manera más fea para salvar las almas de sus hermanos, ha durado más de dos mil años, y no se sabe bien cuándo acabará por fin y para siempre.

La niña que está sobre la cama no tiene por qué saberlo. Y la madre de la niña ha renunciado a los vaticinios y a los partes meteorológicos. La vida es larga, como esta noche, pero de alguna forma tendrá que encontrar su fin. Los gatos sobre el tejado acicalan el cadáver de su compinche. Los rascacielos de Shanghai superan estoicos la más dura prueba de integridad antisísmica, y el rumbo del cometa Halley nos deja ver que no se decide aún a visitarnos por segunda vez.

6.

La casa es tan vieja que ha querido derrumbarse un par de veces. Como no hay dinero para reparaciones y menos para empezarla otra vez desde cero, los vecinos, bajo la dirección del padre de la niña, han puesto cuñas de madera para sostener contra el terreno las paredes enclenques. A lo largo de la fachada sembraron pesados troncos que, por lo pronto, tienen la gentileza de postergar el desplome. La casa parece un acorazado de leños y remiendos primitivos. Sin duda es una estampa de resistencia. Pero el tiempo último está cerca. A lado y lado ya se alzan dos esqueletos de hierro que pronto estarán recubiertos con paredes de yeso. Lo que en el viejo gremio de albañiles suelen llamar paredes falsas. Las torres serán como enormes agujas de papel que se disputarán cuál de las dos acabará aplastando la vieja casa que está entre sus pies.

7.

La noche es mala. Hay bancos de nubes que trituran el cielo como tanques de guerra deseosos de acabar con todo. Desde las primeras horas de la tarde se escucha una tronadera en lo alto, y el aire que sopla entre las casas y los edificios que están levantando sobre los viejos ranchos le recuerda a uno el quejido de un moribundo. Aunque también, por momentos, ese aire de tormenta suena como una pandilla de bufones que sabe que la vida no es muy seria en sus cosas, como diría ese santo mexicano de nombre Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Lo cierto es que aquel escarnio fantasmal sacaría de quicio al más aplomado de los hombres.

La niña está sobre la cama, la madre hace guardia a sus pies; todo cuanto las rodea parece estar muy quieto y olvidado a su suerte. Lo demás es ruido: el techo de la casa se les quiere caer encima, de lo feliz que está la ventisca.

8.

Hay una imagen perdida en el tiempo. Sea recuerdo o ensoñación, los límites del paréntesis que la contiene pronto habrán de esfumarse. Están los padres de la niña enfrascados en una suerte de disputa muda cuyo telón de fondo es la vía láctea; la madre se cubre el pecho con ambas manos, como si el corazón de pronto fuera a salir volando, y él agita los brazos, ofuscado, como si quisiera ahuyentar un enjambre de polillas invisibles.

9.

Afuera, como se dijo ya, los hombres construyen plataformas para sacar petróleo de las profundidades de la tierra. Afuera, muy lejos de aquella habitación, se construyen aviones a reacción que podrán llevar a las personas de un continente a otro en menos de lo que toma ablandar unos guisantes.

10.

La madre alisa los pliegues que se forman en la sábana en torno al cuerpo de la niña. Es un detalle sobre el que la mujer decide volcar toda su atención. Y no es algo gratuito, ya que los pliegues que va borrando con suavidad de pronto emergen otra vez, como pequeñas filas de cordilleras, como olas meciéndose sobre un mar blanco. La niña está quieta sobre la cama. La vida a su alrededor vuelve a comenzar. Es una imagen que desconcierta a la madre pero no le impide cultivar su esperanza.

11.

Amanece. La luz se derrama por entre los huecos de la pared y las rendijas de la ventana. Las cosas que habían estado tan quietas adquieren por culpa de la luz atributos de una vitalidad casi agresiva: el brillo y el desgaste de las superficies, el vibrar de los átomos de polvo. La erosión en las manos de la madre, manos que alguna vez fueron milagrosas y ahora se deshacen bajo la radiación amarilla.

12.

La vida tiene una música que no se puede explicar en la fugacidad de estas páginas. Ocurre: las bisagras anuncian la entrada del padre, y como escoltando sus pasos también llega un zumbido de ovaciones y máquinas que refunfuñan.

La juventud en la voz del padre es empalagosa. Dice que es hora de firmar unos papeles y se lleva las manos a la cabeza. Un zumbido lo persigue. Mueve los brazos en el aire, como espantando un enjambre de insectos; es el mismo gesto evocado en aquel paréntesis fuera del tiempo.

La niña se levanta y lo llama: papá. El padre le da la espalda y se dedica a intercambiar señas con un par de hombres que tienen cascos amarillos y lápices detrás de las orejas.

Papá”. Es la voz de una niña que ha dormido horas muy largas.

Aparece otro par de hombres vestidos con trajes de oficina. Dicen tener mucha prisa. No han llegado del todo y se quieren ir ya. El padre los retiene con una promesa: nadie va a llorar. Los hombres mastican goma impregnada de nicotina y exponen así, con las bocas rebosantes de espuma, los pormenores de la demolición. El padre los premia con cumplidos.

Ríen, suspiran, callan.

Sobre el techo de la vieja casa hay un esqueleto de lo que alguna vez fue un gato. Los pájaros azules canturrean, juegan sobre el costillar y picotean la calavera hueca. Es un día hermoso.

Abajo el padre y los hombres firman la rendición que tanto les emociona. Han sabido adelantársele a la noche.

13.

El padre levanta con un brazo a la niña. Es hora de irse, le dice. Ella deja salir un oh cuando siente que uno solo de esos brazos tan fuertes casi le parte las costillas.

Arriba, vamos.

Se van. Descansa la cabecita sobre el hombro del padre y le dice adiós con su mano a ese rincón vacío. Los dos se alejan entre un ejército de trabajadores con cascos amarillos. Alguien en lo más lejano de esa masa de hombres grita a todo pulmón lo que parece ser una orden perentoria. Pero el padre de la niña no mira hacia atrás.

FIN

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