Una chocolatina Jet o un tiro en la sien

mats

Hace unos años fui a ver a un charlatán porque estaba en los peores días. Los he tenido muchos, como todo el mundo. Levanten la mirada y sientan la oscuridad. Lo intentamos, eso podremos decir cuando se acabe la música. Había mucho amor en el mundo, tanto que los mares se contaminaron. Murieron las piangüas, las medusas y los pulpos ciegos. Los matamos con tanto amor. Y nosotros, bueno…
Hemos hecho de los gatos animales de adoración. Y ellos nos desprecian. Así de simple. Nos obligan a limpiarles la mierda que ocultan con esa displicencia bajo aquella costosísima arena falsa. Por los perros sentíamos otro amor. A los perros siempre los traicionábamos, como hacíamos con nuestras esposas. Al final los cambiábamos por otra experiencia más placentera. Y los dejábamos morir de tristeza.
*

Andaba entonces como el fulano que va caminando en la acera del frente. Uno se imagina qué puede estar pasando por su cabecita y la conclusión culmina siempre con la misma imagen: un hombre a punto de descerrajarse la cabeza de un tiro, considerando con mucha seriedad las consecuencias del poder que tiene en sus manos. Y de pronto se acuerda de que tiene una chocolatina Jet en la nevera. Y así pasa los días. Los bolsillos se le llenan a uno de papelitos arrugados y de desespero y desasoiego.
Bueno, yo le decía a la gente eso, que lo que sentía era un desasosiego. Pero nadie me paraba bolas. Y yo sabía que había algo raro con la palabra aquella, muy complicada, muy cargada de colgandejas, muy difícil de imaginar y soportar toda ella “¿Desaso qué..?, preguntaba la gente.
Qué importa.

*
Caí pues en el consultorio de un vejete que tenía el honorable récord de no tener títulos en nada. Nada había hecho según los registros institucionales, administrativos, contables, académicos, etc. Nada de nada. Y sin embargo, cuando me vio me dijo: “ya sé por qué estás aquí. Querés matarte, es eso. Venís a buscar consuelo; a sacarme dos o tres palabras de aliento porque me ves con pinta de lunático que cree en los magnetismos raros de la luna y en la música coral de las estrellas, en fin.”
“Algo así”, le dije yo. Y claro, le conté mis razones. Le dije que había perdido el amor en la silla de un cine o en la silla de un taxi, no sé. Lo perdí. Y me duele en cada poro. Cuando voy caminando por las calles, mirando siempre al piso, me encuentro lo que usted quiera. Lo que se pueda imaginar. Lo que pueda nombrar: camándulas, souvenires del nazismo, supositorios usados, monedas de oro, billetes de altísima denominación, cartas a los acudientes, baberos, lágrimas, etc. Pero no recupero el amor que perdí. Eso le dije al charlatán. Después de escucharme me dijo que me acostara sobre una camilla y que mirara el techo ¿Y después? Nada. No se podía hacer nada más, me dijo, porque yo estaba muy viejo ya para este universo. “A ver si entiendo”, le dije. Hay un tiempo más grande que el tiempo que aprendimos a medir. Un tiempo en el que los segundos son horas. Hay otros relojes, sí, con manecillas enormes que avanzan a otro ritmo, porque el tiempo existe para ser medido. Lo que ocurre con ese otro tiempo es que parece reservado para los gigantes ¿Verdad? El tipo me miraba y asentía. Y de pronto me vi evaluando mi experiencia en el universo, como si fuera un experto en el asunto. Mucha experiencia.
*
“Usted ha pasado ya muchos años en este universo. Y digo años por decir cualquier pendejada. Pero no son años, no como los conocemos. Puede que ese tiempo, como dice usted, sea un tiempo de gigantes. En ese caso el alma suya, gigante y eterna, está reposando en algún lugar de este universo invisible. Su alma resopla y se queja, como un mamut herido. Escúchela. Diriga su atención. Ahora vaya y descanse. Váyase a ese lugar que no podemos describir con letras. Por aquí empieza. Mirando el techo. Después se olvida de mí. De mi cara de yerbatero, se olvida de mis dientes chuecos y descansa por fin. Acá estaré yo, escuchando los rumores y los chismes. Hay gente que dice que usted es malo y que el gol que hizo cuando cobró el tiro de esquina con ese chanfle increíble no debería haber valido porque la pelota alcanzó a salir. Ah, y dicen que hizo fraude en un concurso de dibujo infantil. Lo peor, o lo mejor, no sé, es que se ganó el bendito concurso. Eso dicen. Y cuando uno de los niños que usted había engañado intentó desenmascararlo usted lo empujó de con tanta fuerza que el pobre salió volando y se partió los dientes. Eran dientes de leche, sí, supongo que sí. Dicen que ha sido ambicioso y comelón. No sé dónde está todo lo que se come, no se le ve. Ahora, lo de la ambición es algo tautológico, si lo que ha hecho usted, como yo supongo, es vivir. Mire: respirar es la ambición más reprochable que conozco. Y es una pena que no podamos evitarla. Siga mirando el techo. Yo decidiré si creo o no en todos esos chismes. Siga mirando el techo, que por aquí se empieza”.

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