Tiene este príncipe diminuto ozono en sus pestañas

Versión 1.

Hay rumores sobre el príncipe Jorge. Paren el brindis, así solemos decir. Contengan el aplauso. Agachen la trompa de los cañones. Son rumores. Pero el sueño con el porvenir pende de una hilacha de seda.
En un pueblo infinitesimal del caribe colombiano, un tipo llamado Eufrasio lee al revés el reporte publicado en la sección de estrellas, genios y otras realidades inalcanzables. Hasta nuevo aviso, estará así, leyendo de adelante hacia atrás, contestándole con gruñidos a quien señale la pifia, y suspirando, eso sí, cada vez que recorre con sus ojos las piernas invertidas de la princesa Catalina.

Sí, un día llegan a la cancha del pueblo dos helicópteros artillados, y ése es el aviso. Eufrasio corre en sandalias, los pantalones se le escurren, revelando el origen del culo por donde salen salamandras bicéfalas. Pero ya nadie se fija en Eufrasio. Y el periódico con la foto del príncipe Jorge sale volando, expulsado por la ventisca hacia un bosque de manglares. Se decían cosas terribles sobre ese príncipe Jorge. Cosas que Eufrasio leía al revés, todos los días, mientras su esposa tenía que acostarse con el dueño de una casa de apuestas, porque Eufrasio ya no movía es lo que se dice un dedo. El pobre Eufrasio no conectaba dos cosas, y había olvidado el sentido de las manecillas del reloj. No fue el primero ni el único. Como él, muchos se iban quedando así, como atrapados dentro de una pecera. Quietos, la atención sobre un solo punto, o un solo nombre. Sobre las letras de un nombre. Los médicos decían que era un trauma de la guerra, y tenían esta forma de explicar el asunto dándose dos golpecitos en el cráneo. Toc-toc. A los que se quedaban así, como Eufrasio, los médicos les masajeaban el cuero cabelludo con una especie de araña de alambre. Así los calmaban. Aunque no volvían a hablar como antes. Y no cantaban, eso era, quizás, lo más triste. Por lo menos dejaban de soñar con rostros con las cuencas oculares vacías; dejaban de repetir nombres que nadie conocía y dar instrucciones incomprensibles en la madrugada.

Cosas que pasan, decían en el pueblo infinitesimal. Los médicos se iban a tomar el sol en la playa, las campanas de la catedral de azúcar tañían a deshoras y el obispo trocaba el vino de consagrar por ron. Y Eufrasio ahí, como esperando. Hay gente que se da un golpe en la cabeza. Hay otros que cagan un poema y ahí se les va el alma. Hay otros que aman una sola vez en la vida y después se dedican el resto de los días a llenar el mismo crucigrama. Y así. Del príncipe Jorge decían que era un niño hermoso, como de porcelana; un niño que tenía agua mineral en las venas y ozono en las pestañas, eso decían. Pero Eufrasio leía todo al revés.

Alzan vuelo los helicópteros y el pueblo entero queda oculto bajo una niebla rojiza. Los niñitos llaman a sus papás, pero la única respuesta que obtienen es el lejano estallido de las olas. La cancha vacía es la primera imagen del desaliento. Eufrasio camina el pueblo de cabo a rabo, en línea recta por la única calle asfaltada, como quien abandona una casa, ante la mirada escondida de muchos ojitos curiosos, y se va, se va para no volver nunca más.

Eufrasio-1

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