Vi el nombre de Dios

Volví de la Quinta Guerra Mundial, hoy,  bajo la primera lluvia de estrellas de diciembre. Aquí estoy, en el umbral, pisando al parqué podrido, sano y salvo,  y disto mucho de ser el tartamudo abstraído que describió Walter Benjamin en su famosa comedia “El narrador”.

Volví a casa con la lengua por fuera, supurando anécdotas y conclusiones sosas, epílogos que duraron semanas, volví sin equipaje, sin ropa limpia, sin guantes, sin alma, volví desnudo después de arrojar todo al hermoso río que alguna vez llenó de orgullo a los sátrapas de toda la tierra. Volví a tocar tu rostro, a sentir tu viejo nombre vibrando entre mis dientes; tu nombre: el mismo trueno pulverizando mis costillas, el mismo amor.
Estoy a salvo, en tierra conocida, rodeado de la misma indiferencia, prisionero entre sofás, lámparas decorativas y tapetes que alguna vez fueron la piel de un tigre. Y me río.

Vi la peor de las noches, dos y tres noches juntas, horas largas, interminables, de agobiante oscuridad; vi el mundo ensombrecido, sin pájaros, sin frutas tropicales, sin todas las naderías que compramos para celebrar nuestra buena suerte; vi el mundo sin tu olor, sin tu ceño fruncido, sin la extraña curva en tu nariz; vi un valle como el nuestro, una planicie de lo más triste: cenizas y árboles carbonizados, y a sus pies huesos rotos, muertos y más muertos, jornaleros, artistas, ladrones, asesinos, todos muertos, por fin en paz. Vi el mundo que alguna vez presagiaste, un día sin estrellas, sin caniches ridículos, y vi, ciertamente, un agujero hacia la nada, una herida inmensa, creciendo roja, furiosa, en todo lo alto. Vi el nombre de Dios escrito con mierdas variopintas. Y fui feliz.

Aquí estoy, pues, desgraciado y lleno de dinero, y no sé qué más hacer. Bostezo y cuento mis pestañeos, respiro por el ombligo y meto tacos de dinamita en mis oídos.
Al fondo suena la misma licuadora, suena el reloj chino que da las horas al revés, suena tu garganta llena de arena, tu voz cansada diciendo basta, basta, y mi cerebro, vieja esponja, se avinagra como siempre. Mírame un segundo: sentado en la misma silla mecedora que tiene impregnado, a pesar del tiempo y el olvido que tanto anhelo, el olor de todos nuestros padres. Los peores padres que ha dado esta tierra.

Volví a casa y es navidad. Tengo historias para regalar, tengo nuevas enfermedades, tengo pelos verdes en la nariz, tengo otra verga, tengo las manos cuadradas de un perfecto asesino, y tengo estos ojos abiertos, ojos inservibles, brillantes, cegados por el fuego de las baterías antiaéreas, por el resplandor de las auroras nucleares. Mírame: volví, volví a esperar, otra vez, que mis deseos sigan siendo eso: gritos ahogados, tu cuello, blanco y firme, inasible.

moscow-1941

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