Diles, por favor

Estuve hoy, 21 de noviembre de 1953, parado con mis dos pies obedientes sobre la planicie de baldosas frías y pintas terracotas del salón de espejos donde alguna vez fueron torturados artistas y petimetres perseguidos por la academia.

Estuve parado ahí, sin moverme, los brazos sueltos junto a mis piernas, como un prisionero de guerra que no sabe qué hacer con la libertad recuperada, como un astronauta que regresa a casa un lunes festivo, aturdido y perplejo, con hambre, insolado, sordo, mudo.

Y estando así entendí que por fin podía ser feliz.

Sonreí solo para comprobar que no tenía dientes: el otro en el espejo era un desperdicio, una piltrafa escupida por el tiempo, lamentable, pero libre de toda culpa.

Alguien entró al salón y me llamó por otro nombre. Lo supe tan pronto lo pronunció, que no era el mío, pero le devolví una mirada comprensiva. Era un pobre idiota con la cara llena de granos.

Ahora está solo por fin, me dijo aquella pobre alma. Ahora no hay quién le joda la vida, profesor, ahora, si no es mucha molestia, díganos, por favor, ¿qué más podrá necesitar?

Cierto es que tenía por fin todo lo que había soñado, pero la vida me había premiado demasiado tarde.

Entonces hablé, con voz dulce, voz de alma a punto de apagarse: diles que regresen, diles que me devuelvan el nombre, diles que tengo sed, diles que lo acepto, diles, sin demora, que pueden llevarme a sus fiestas, que pueden disertar en mis narices, que pueden curarme, que pueden hacerme una cita con algún ángel, ve y diles, sé oportuno, sé diligente, diles que me busquen luego de la siesta.

Y dormí, en efecto, toda la tarde. Y fue como dormir un largo capítulo de la historia del sol. Al despertar siento todos los años del mundo apilados sobre mi espalda. No hay luz que me permita saber cómo es realmente la vida, ni sonidos claros que me indiquen dónde es lejos y dónde es cerca, y si estoy o no en medio de las cosas: no hay certeza alguna sobre las cosas.

No hay formas, no hay mensajes ocultos, no hay texturas engañosas.

Lo único cierto es el olor del café que alguien prepara, quién sabe dónde. El café que tomábamos con mi abuela muerta, oyendo las noticias de las siete. Algo es algo, decía mi padre, y musitando esto voy regresando, poco a poco: en mi piel siento el odio de todo el sol, las llagas rojizas y la abrasión esparcida hasta mis párpados, en mis manos jóvenes y ulceradas siento hilos de electricidad, siento la sangre corriendo a través de los capilares.

Atrás de mí, o arriba, o debajo, o frente a mí, qué importa, está el recuerdo, nítido: un edificio en llamas, una estructura con las venas abiertas, con los tubos sueltos, las tripas dejando escapar toda la vitalidad, los cables alocados como serpientes endiabladas, lanzando chispazos postreros.

He vuelto.

welt

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