Casus belli (fragmento)

La noticia devastó a Elvira. No la posibilidad de morir ahogada, si no la de morir, como cualquier infeliz, sin conocer la nieve.

—De todas formas ya no queda nada —le dije— Todo la nieve se derritió.
—¿Quién te dijo eso?

Mentí. Le dije que Sócrates, un tipo que trabajaba conmigo y que se la pasaba hablando de viajes  y expediciones salidas de lo común, tuvo que devolverse estando muy cerca, sin conocer la nieve. Y como él, cientos, miles de turistas.
—Me imagino sus caras de decepción—dijo Elvira.
—Mejor no imaginar nada. Vamos al cine —dije. En el cine se apagan los pensamientos. Te recojo a la salida del trabajo.

El plazo para encontrar al donante estaba por cumplirse.

Ese día caminamos en silencio hasta la parada del bus. Mi sombra era tres veces más grande que la de ella. Soy un tipo grande, tan grande que me sobra vida, me sobra carne en la espalda y me sobran varias costillas, me sobran ventrículos y me sobra oxígeno en la sangre. La vida florece en mí, sin que me lo haya propuesto,  y eso — lo decidí aquella noche, mientras caminábamos— era precisamente lo único que podía regalarle a Elvira: una buena porción de toda esa abundancia.
En la parada del bus había varias personas amontonadas. En algún momento se pensó que era una buena idea ponerle orden a estas cosas tan simples como esperar un bus y abordarlo, pero la gente en esta ciudad suele tomarse todo a la ligera y termina mandando el orden al carajo. Agarré la mano de Elvira y nos abrimos paso hasta quedar de primeros. La gente se dejaba empujar, adormilada como estaba. Cuando estábamos esperando frente a la carretera vacía, escuché que alguien mascullaba sandeces a mis espaldas, pero no alcancé a entender gran cosa. Miré de reojo: era un adolescente vestido como rapero gringo. Sus ojos eran dos fosas por donde se asomaba una sombra terrible, parecía esa gente que convive con el sida. Su lengua arrastraba con dificultad las sílabas. A pesar de que lo ignoré, insistió, y en su siguiente interpelación endosó un insulto para mi madre. Abracé a Elvira, para tranquilizarla. El adolescente se me acercó y empezó a tocar mi hombro. Sus dedos palpaban, como quien apenas está conociendo el mundo, la composición molecular de mi trapecio. Giré un poco, sin soltar a Elvira, y le di un codazo en la mandíbula. El miserable salió volando directo hacia un aviso publicitario. Quedó en el suelo, atontado, en medio del cristal molido. La gente salió corriendo, despavorida, y en su huida un par de cobardes me llamaron salvaje. Nadie se devolvió para socorrer al adolescente. El bus llegó, por fin, y lo abordamos. Me dolía el codo.

Ya en el bus, Elvira me preguntó si podía poner su cabeza sobre mi hombro. Dije que sí, pero la verdad es que no alcanzaba; su cabeza apenas superaba la altura de mi codo. A mi lado Elvira lucía diminuta.  Con mi mano contraria la atraje hacia mí y la recosté sobre mi brazo.
—Tenés que ponerte hielo en el codo, para que no se te inflame— me dijo. Miré por la ventanilla hacia los cerros occidentales: miles de puntos luminosos clavados en la montaña. El único lujo que puede permitirse el pobre es vivir, y eso no es gran cosa.

Elvira se quedó dormida, apoyando su mentón contra mi brazo, contra mi pellejo saludable, sin saber que su calor ya estaba aliviando todos mis dolores.

 

nieve

Anuncios