Dinos, entonces, cuánto falta

Dinos, entonces, cuánto falta

De cómo el hombre sería capaz de vencer la fuerza de gravedad, alzándose pertinaz entre las nubes, pasamos a indagaciones inofensivas, a preguntas de talla menguada, a chistecitos raídos que se contestan con espasmos del diafragma y muecas de dolor; pasamos a las cortesías acarameladas, a las falacias democráticas, a los desayunos con indulgencias repugnantes.
Lo que resulta aún sorprendente es la resistencia al hastío, la inercia con la que asistimos a eventos donde lo único emocionante es la posibilidad de que algún ser bendito le haya puesto cianuro a los pasabocas, sí, sí: la nuestra es una marcha en el fango, y las sandeces informativas que repetimos mañana, tarde y noche son tan rancias como el alimento que tienen bien merecido las peores bestias: bazofia; las explicaciones que damos a los semejantes, dibujando en el aire espirales deformes con estas pezuñas, son nuestro gran orgullo, nuestra riqueza; hablar entre las corrientes de aire y la fotosíntesis, hablar por las cosas que no tienen boca, por las piedras que no saben defenderse solas, hablar para perder calorías, hablar para que el tigre de Bengala nos deje ver la verdad de sus ojos algún día. Hablemos, compañeros, hablemos como civilizados, eso nos encanta. Nos encanta la discreción de los nuevos laxantes que no contribuyen al deterioro de la capa de ozono. Nos encanta el zumbido de los aires acondicionados que funcionan con energía solar, murmullo que nos mima y nos amenora, porque de alguna forma nos promete una muerte tranquila: morir en medio de alguna obviedad epistemológica, sentado en la última fila de un auditorio, morir discretamente, como rumiantes atemperados.

Donde alguna vez latió un corazón ampuloso, hoy se procesan datos baladís. Hacen falta nuevas tempestades, o una sola tempestad que reúna en sus vórtices las más salvajes auroras, la peligrosa furia de todo el hidrógeno contenido en la galaxia, necesitamos que los hielos polares crujan al unísono, hasta dejarnos sordos.

¿Qué hacía la buena gente con sus pensamientos, años, muchos años atrás, cuando el sol se iba por fin a las antípodas sin cederle el turno a un océano de basura fluorescente, cuando las aves de corral se recogían sobre su sabia cobardía y dormían el más simple de los sueños, cuando el último pasajero del último tranvía era arrojado en cualquier taberna o abandonado en un callejón lleno de hienas y vates tuberculosos? ¿Qué hacían con sus manos a la luz de una vela, qué música, qué discernimiento, qué auscultación? ¿Qué hacían, por Dios, con sus lenguas, dígannos, qué heridas apañaban, qué improperios paladeaban en el silencio de sus buhardillas, qué infamias, calumnias y difamaciones fermentaban entre sus dientes podridos?

No hacían mucho. Veían el amanecer de un octavo día, pese a la oscuridad. Escuchaban el viento acariciando las suaves praderas de un tiempo único, un tiempo vasto que se movía al compás de las estrellas distantes, lento en los capilares sanguíneos, veloz en la pirotecnia de los sueños.

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