Asociaciones. Acto único

Ambos veían un documental sobre las pruebas atómicas realizadas —no hace mucho— en el lejano mar de oriente. Sobre las olas se mecía el costillar sanguinolento de una ballena azul, y a escasos metros flotaban, abandonados a su suerte, los genitales perfectos del último delfín. Unos coreanos, se presume que de la sección norte de la península, aplaudían. Observaban, complacidos, el color de la radiación sobre el horizonte; estaban de pie, vestidos con sus trajecitos grises, en silencio. Se limitaban a aplaudir, muy solemnes. Sus ojos estaban ocultos tras lentes oscuros importados de Italia.

Corte a comerciales: camionetas doble cabina para estrenar: motor híbrido y piloto automático;  el hombre contemporáneo puede acariciar su entrepierna mientras la máquina se conduce sola, guiada por un satélite. Una nueva hamburguesa de nutria; carne sana, dice el presidente de la multinacional, abrazando a un payaso que se mantiene en pie gracias a la morfina. El payaso morirá en algunos meses y será reemplazado por otro idéntico. Se sabe que nadie llora a estos payasos una vez mueren, no; lo que se rumora —dice él— es que sus cadáveres van directo a una máquina que tritura hueso y pellejo.

Ella dice que la integridad política tiene que ver, sobre cualquier otra cosa, con lo que uno se manda al estómago. Él asiente, mirando un comercial de comida para gatos. La televisión ha sabido tomar por el mango el puñal de la ironía.

Ese breve intercambio les permitió considerar, con cierta pesadumbre, el alcance de su respectivo ingenio; ambos recordaron, en silencio, que ni el éxito profesional ni la salvación existen. Él miró las pantorrillas de ella, y resolvió que en aquel momento nada más le interesaba. Ella dijo que algún día los humanos tendrían que beberse toda el agua del mar, como castigo. Él pensó, agobiado, en una máquina desalinizadora; sí: era un buen negocio para el que se pudiera permitir semejante petulancia, pero él no fue educado de esa manera; cuando en su casa se iba la luz eléctrica nunca se encendían velas. Tampoco usaban linternas; simplemente esperaban, resignados, que la luz volviera, evitando a toda costa cualquier interpretación filosófica, cualquier cuestionamiento con forma de tesis. Viéndolo reflexionar cabizbajo, ella supo que el hecho de estar ahí, al lado de ese hombre común, equivalía a aceptar que nunca sería alcanzada por los misiles atómicos de esos asiáticos. Y suspiró. Ambos suspiraron. Ella se recogió sobre el sofá, acariciando sus pantorrillas desnudas, mirando la hora en un reloj que estaba colgado de la pared.

Finaliza el corte a comerciales. Aparecen otra vez los coreanos —los del norte, con toda seguridad—, dándole esta vez la espalda a la cámara. Se retiran, buscando el merecido descanso, como sabe hacerlo también el sol. No es una coincidencia que los atardeceres asiáticos hagan llorar a las celebridades occidentales, pensó ella, viendo a esos pequeños hombres caminar en fila hacia una cueva de hormigón reforzado. El poniente, palabra hermosa que sale en los crucigramas, dejará de ser, algún día, un mero simulacro. Luego de una deducción muy elemental ella supo que moriría de un ataque al corazón, como su madre, como su hermana, como el loro que vivía con ellas y hacía las veces de padre, y él, mirándose las manos, pensó que hacía mucho tiempo no sentía deseos de aplaudir, que había olvidado ya aquella sensación.

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