Lex tempus

Hoy desperté recordando la que fue mi visión de la muerte, años ha. Me elevaba sobre una península, atrapado en la cabina de un jet de pasajeros, cansado, con plomo en los párpados, mi corazón latiendo al revés, absorbiendo toda la sangre para sí mismo, invirtiendo el paso de la vida, caminando de espaldas hacia una caverna glacial.

Tras de mí la noche veraniega ganaba terreno, y a su paso florecían sobre las sombras pequeños diamantes, vida hecha polvo luminoso, bacterias de neón, hologramas microscópicos; juventud, todo eso una vez, un destello, menos de un segundo, y luego, en la eternidad, una cicatriz. Nuestra historia: transmitir el dolor de una generación a otra, vengar el mal que nos hicieron con el primer inocente que se nos atraviesa.
Cerré los ojos para escuchar las últimas risas, los últimos gemidos, el último bramido, el último canto, el último motor.
Estaba muerto, con tantas preguntas como gusanos, con amor en todos los pelos.
Vayan a ver esa muerte por mí, les digo siempre a las personas que amo.
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