Aquello que sustituye a la belleza

Nuestra mirada está clavada en su nuca, nuestra sombra bajo sus narices, nuestra confianza esparcida por toda su piel; aquí va el nuestro, recién bañado, bajando los noventa pisos del rascacielos donde vive solo, tarareando una de Chico Buarque, mirándose en el espejo del ascensor la piel muerta bajos sus ojos, musitando qué feo estoy, qué viejo me ha vuelto el tiempo, gruñendo, mirando hacia otro lado, ya sin interés, sin deseo alguno, sin énfasis, hacia afuera, calculando la distancia con su nariz gorda: el reino que se extiende hasta donde sus ojos ya no atisban, lo único que desea es pisar tierra firme, porque aquella visión le perturba ¿quién se cree para mirar así desde las alturas? ¿quién para burlarse del trazado de las calles, de los tugurios de hojalata y de los nuevos ricos con su panel yeso?, pies sobre la tierra, recuperado el sosiego, hace venias, saluda y se despide de las señoras moviendo discretamente el sombrero, agarra el periódico y se lo mete bajo el brazo, parece un número, un juego; mira al portero y le dice buenos días sin abrir la boca, le apunta en medio de los ojos con el mentón, lo pone en su sitio, bestia obediente, y ya en la calle avanza mirando el césped cortado a ras: la mierdita de los perros y el rocío que empieza a evaporarse, las grietas en el cemento, la luz del sol que estalla bajo sus pies, borrando su sombra; solo, como todos los días, se detiene para escuchar sus espiraciones, el aire malsano saliendo por la boca, él de pie, inmóvil, como una chimenea, oculto de pronto entre nubes luminosas, entre un resplandor que se lo quiere tragar,  y entonces lo asalta esta duda: algo he olvidado, algo que no está en los bolsillos, algo esencial, pero qué será, si ahí están las estilográficas, ahí finos los lentes con marco italiano, si ahí está, espumando en medio del pecho, su orgullo, su experiencia calificada, no, no sabe, y la gente que pasa lo evita, o lo miran de reojo como se mira a los locos, a los locos tranquilos, a los viejos seniles, pero él no está tan viejo, o sí: dónde está aquella cosa ausente, maldice, dos, tres veces, carajo, carajo mil veces; carajo, como los viejos, será volver sobre los pasos, otra vez la mierda de perro, aplastada sobre la pelusa vegetal, esparcida por algún torpe  ¿habré sido yo? y el rocío ¡Cuál rocío!, grita por fin, pasando junto a doña Edelmira, que sí está vieja y por eso no reacciona, vieja sorda, y así llega con las manos en el pecho, como sosteniendo un ramo de esperanzas marchitas, hasta la portería del edificio, suplicante, buscando la carota del portero, un cabronazo de lo más salvaje, un bruto que nunca ha pronunciado bien su nombre, pero eso ya dejó de importarle; ahora tiene sólo una misión, un imperativo: hablar, habla, se dice, se pellizca, habla para acabar con esto, y el portero en cambio ni se percata de que él está ahí, agitado, con una pregunta en la punta de la lengua, él, despojado de una pieza clave, él incompleto, él casi listo para hacer lo que hace todos los días, casi, lloriquea, y golpea con suavidad el vidrio, abra, por favor, déjeme entrar, abra, que algo olvidé, y el muy zafio ni siquiera pide disculpas cuando lo ve ahí parado, las pide él, las pide de mala gana, como hace la gente bien educada, disculpe, dice, disculpe usted, pero ¿no se me cayó algo cuando salí hace unos minutos? ¿no escuchó usted el tintinear de una cosa en el suelo, no vio un destello? ¿no sintió un crujido a mi paso? Nada, dice el portero, y estira la trompa, una seña para indicarle algo: el suelo, el suelo está resbaloso, sí, ya lo sé, dice él, sentándose en un sofá, mirando el mármol recién pulido, mirando sus huellas, pasos cortos, manchas irregulares; he sido yo, le dice al portero, inspeccionando la suela de sus zapatos, fui yo, y se ríe, se reconoce en esa risa, idiota, seré idiota, mire: pisé mierda de perro, y el portero deja salir un silbido, y de pronto, sabrá Dios por qué, su cara de rumiante le agrada, de pronto toda la sandez que siempre leyó en aquella faz desaparece, y ahora ambos se cuidan la espalda, como dos viejos compinches,  y lo que antes era angustia ahora es cautela, una última risita, de acuerdo, pero los sentidos ya están afinados, sus ojos, sus oídos, su piel, todo él un radar, un vigilante, sí, por algún lado estará aquello que falta, aquello que olvidó, pero ahora lee con otra perspectiva la geometría porfiada del vacío, ahora el sonido metálico que emerge de aquel vórtice encaja casi a la perfección, casi, se dice, casi, y sabe que debe callar, para volver a repasar sus procedimientos, firmes las manos, certero apuntando, limpio, preciso, eficaz, como un gato; pasos sobre una alfombra, proyectiles mudos rompiendo la velocidad del sonido, hacer lo que sabe hacer, con sumo cuidado, sin defraudar a nadie, porque la vida, por Dios, siempre lo ha tratado bien.

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