De la perspicacia y otros males cutáneos

Un día de abril de 1992.

Se hablaba en todo el barrio de la inusitada grandilocuencia de un viejo mandril que acechaba a los vecinos con palabrotas técnicas que muy pocos atinaban a poner en contexto. A más de uno puso en aprietos, y lo disfrutaba, el muy bellaco.

La cosa era en realidad bien divertida, siempre que no fuera uno el blanco de sus asaltos lingüísticos. La gente se orinaba del miedo y empezaba a cacarear, y así duraban varios días, traumatizados. En varias ocasiones los vecinos intentaron neutralizar al primate poniéndole en frente algún sujeto competente en el campo de marras, pero nadie le dio la talla. Así empezó el desmedro de la academia local, y más adelante todas las juntas de intelectuales empezaron a culparse. Uno los veía gritar, como viejas neuróticas, y arrancarse los pocos pelos que tenían. Un profesor de escritura para bizcos se inmoló afuera de la Academia de Letras, y un psicólogo ocupacional se lanzó desde la terraza de un hotel céntrico, pero aterrizó sobre un colorido mar de sombrillas, como era de esperarse. De nuevo quiso estar muerto, pero incluso para eso, algo tan baladí, aquél hombre era un fracaso.

Un día se le ocurrió a algún genio militar dispararle dardos tranquilizantes desde el aire, pero esto era un paliativo harto inútil, porque al cabo de unas horas la bestia despertaba de muy mal humor, y siempre algún pobre diablo terminaba pagando los platos rotos.

Por él la vida del barrio entero se fue transformando. La gente ya no decía buenos días con la soltura y la ligereza típica del autómata: la gente desconfiaba del día en sí, y mucho más de las categorías como bueno o malo. De alguna forma el mandril nos fue inoculando un mal que alguna vez fue motivo de orgullo: la pose del crítico. Y sí, en el fondo la mirada sobre las cosas empezó a ser un acto de suma inteligencia. Pero nadie reía. Nadie bostezaba. Nadie comía papitas fritas. Nadie le hacía cosquillas en los sobacos al otro. Nadie pasaba días sin bañarse. Nadie se preguntaba cómo sería un mundo sin los pantalones apretados que usaban las mujeres para hacer yoga. Sí, el mundo empezó a liberar todos sus códigos, nosotros, que somos finalmente la mejor parte del mundo, la cagamos, por culpa del mandril.
La gente dejó de ir a la iglesia, porque se decía que el mandril dormía en la parte de atrás, junto a la casa parroquial. Al curita nadie lo volvió a ver, tampoco a Epifanio, el señor de la mazamorra. Alguien dijo una vez que ambos habían sido derrotados de forma tan humillante en uno de esos escrutinios, que se volvieron caminantes sin rumbo, como el idiota de la serie de televisión que se iba a buscar picaduras de alacrán.

De vez en cuando se escuchaba el gañido de la corneta mazamorrera, pero nadie se asomaba a la calle. Las ventanas de las casas fueron clausuradas, las chimeneas selladas y las cañerías taponadas con aserrín y papel picado, papel de los libros que nadie quiso volver a leer.

Todavía se escucha, el día menos pensado, un aullido en la distancia, y luego un silencio cortante, una grieta muy fina en el tiempo, honda y extensa, que puede durar años.

Créanlo o no, esto que ahora vivimos se acerca bastante a la definición del término felicidad, una que aún conservamos, porque nadie nos quita lo tercos.

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