La metafísica de un poliedro disoluto / Encargos (IV): / Septiembre de 2013.

Proyecto: “Sin título-2013”
Para Herlyng Ferla (http://herlyngferla.com/)

 

Primera versión:

La metafísica de un poliedro disoluto:

o cómo acabar con el mundo de una buena vez

 

 

 LADO A


Años y piedras cayeron del cielo— tantos años como estrellas muertas—formando planicies de escarcha trivial, virutas porosas, sin alma y sin nombre, esparcidas al azar; su historia es la concatenación milenaria de obras ruinosas, algunas pocas de una rareza desconcertante, otras prescindibles a más no poder.

 Es la historia de este paisaje rocoso cuyo abandono ya estaba escrito en la mirada fatua del primer hombre.

 A  nadie sorprende que hoy, después de que penínsulas, colinas, valles, estatuas y rascacielos se desplazaran hacia un vórtice incandescente en el centro de la Tierra, las palabras, que emergían con tanto brío desde las entrañas de los hombres, hayan sucumbido, y lo único que nos recuerdan hoy, viéndolas yacer agonizantes en desoladas y kilométricas playas, es la duda que algún día nos hizo felices, la misma duda que nos ayudó a encontrar, husmeando entre las raíces subterráneas y el éter, la trama de la vida, la interlocución.

 

 A lo mejor coincido con la voz que se preguntaba si un árbol que caía en medio del bosque, en ausencia de doliente alguno, debía ser tenido en cuenta como un acontecimiento real y trascendente, o si podía descartársele como a cualquier otra charlatanería. Soy la voz que plantea la duda y al mismo tiempo la voz sobre la que recae esa duda.

Esta es la voz cuya continuidad en el cauce dramático del mundo pende de un hilo; es mi voz, un canto que no dejará impronta, porque ella misma parece ser la última impronta posible. De todas formas, pervive en esta duda la tentación de urdir un destino, allende de las guerras nucleares y las glaciaciones.

Podrá decirse que la mía es una duda primitiva, un balbuceo ingenuo inspirado por la observación embrutecida del centelleo intermitente de unos astros cuya existencia, para nosotros, fue siempre un cuento para enamorar incautos. Y lo sigue siendo ahora, pese a que muchos hombres se la pasaron hasta hace muy poco apretando tuercas y limpiando ductos de ventilación en una estación espacial internacional que gravitaba entre la Tierra y la luna. Oh, grandeza, construyeron cohetes supersónicos y telescopios monumentales para sistematizar cualquier experiencia sideral. El resultado de todo esto: un bostezo del tamaño de un hoyo negro. Cosmonautas y astrofísicos doctorados en filosofía olvidaron hilar tramas interesantes frente a temas como el infinito o la paradójica visión de una estrella que —un día sí y un día no— bien podía haber muerto hace millones de años. Y ése era el sentido de todo esto: la incertidumbre, si me permiten hablar como un pobre quimérico, porque sé que tal vez en este nuevo tiempo la pertinencia de esta sensación, como plasma de cualquier narrativa, se cataloga como pura nostalgia, como palabrería deleznable.

Lo único que tengo entre manos es la costumbre de hacerme la misma pregunta todos los días, por eso dejo que el enunciado se abra paso por mi garganta, otra vez, y otra vez: ¿estará alguien más escuchando esta voz?
Hola. Hola. Hola.

Dentro de algunos minutos estaré ciego; vocación o sometimiento, no sé. Es lo que ocurre siempre al anochecer, y no podría importarme menos. Sé que la pregunta se irá volando hacia otras latitudes, dejando tras de sí la ridícula promesa de un proyecto humano inacabado. Lo intuyo porque los grillos se ríen en coro y las alimañas, susurrantes, hacen disertaciones sobre ésta y otras falacias, afuera de esta estructura, entre el ramaje espinoso y la madera podrida. Puedo dar fe de que estoy solo aquí, nada más cierto, pero siempre al vilo de una especie de concreción, como un experimento que ha sido abandonado para contestar una llamada telefónica que tal vez esté tardando más de lo normal.  Atado y forzado a esperar, desinfectado en mis pliegues más recónditos, cercenadas algunas protuberancias, conectado a no sé qué interfaz, con cables saliendo y entrando, estoy vivo, pero aquello, por el momento, tendrá que esperar su debida explicación.

De vez en cuando siento un hormigueo que me paraliza los miembros, pero esto no me desgracia, porque la caricia paralizante se atomiza a través de las terminales nerviosas, trivializando cualquier posibilidad de sucumbir ante el horror de morir narrando el patetismo de una muerte insípida. Morir carbonizado en el corazón de una hoguera o masticado por las fauces de alguna ideología atroz era un privilegio de los antiguos. Hoy, la posibilidad de volver a la nada nos resulta, a mí y a los que tal vez quedamos, sedante, pueril. Dicho de otra manera: la fuerza narrativa que traía consigo toda muerte, todo regreso al infinito (aullidos, sismos y tempestades), se ha disuelto en un lago artificial cuya superficie apenas vibra tímidamente, devolviendo reflejos austeros, sin mareas amenazantes ni matices extraños; es una superficie babosa y quieta, llena de pelusas inofensivas.

Estar vivo, sí, habría que sopesar esa posibilidad. Es la última deuda epistemológica pendiente. Pero estar vivo, dadas las condiciones actuales, es un anhelo, igual o más loable que el de querer estar realmente muerto, al margen de cualquier descripción técnica de carácter póstumo. El problema con esta posibilidad es que el anhelo se funde con una pesadilla recurrente: estoy expuesto. Soy la obra en proceso, soy una pila de escombros palpitantes. Mi voz y mis espasmos son vistos como cualidades exóticas de un problema que ya no me incumbe, porque está planteado en función de mi desparpajo y mi desarraigo. Soy el nuevo centro de atención y soy la estética del abandono. Aquellos ojos que hoy me miran, ojos cuyo destello me está negado, se parecen a los dedos que tiempo atrás me recorrían y me juzgaban. Se parecen, y eso es todo.

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CORTE.

LADO B.

 Conclusiones tras la última inspección realizada en las inmediaciones de la estructura: el camino que nos unía con otros destinos ha desaparecido. Ha sido borrado del mapa. La estructura donde solíamos pernoctar, vista desde una distancia prudente, parece seguir intacta, y esta inspección tan somera a duras penas confirma su nuevo estado: es un mero fragmento arrinconado de algo que fue, o quizás el génesis dudoso de algo por lograrse.
En todo caso, aquello que antaño la circundaba ha sido arrebatado del paisaje; viaductos, callejas malolientes, túneles, templos de bronce, parques siniestros, tribunales pignorados, circos y escuelas; todo fue vaporizado por una radiación blanquecina.

Ahora viene otra inquietud: abracemos por un momento esta evolución extrema de la guerra ideológica, y consideremos de buena gana la posibilidad de expandirnos hasta perder cohesión. Somos corrientes de neutrinos disolutos abandonados a su suerte, sí, y con nosotros, el resto de los lugares donde la gente solía reunirse a meditar en torno a trivialidades o declaraciones de guerra emitidas por la radio, ha desaparecido.
Somos algo en tanto seamos transmisibles. Pero el mundo ya no existe como recorrido. El mundo se ha ido. Ahora podemos preguntarnos: ¿qué es esto que no es propiamente la nada, pero que a ratos se le parece? ¿Cómo morir ahora que somos, digamos, libres de toda carga, ahora que las distancias, los recorridos y la espera se han disuelto, se han comprimido, se han fundido en una sola experiencia poliédrica?

Cuando esa pequeña luz cambie a verde lo sabremos.

Esperaremos hasta que llegue una respuesta, una caricia electromagnética, un beso con la fuerza de un púlsar.

Cualquier impulso, cualquier anhelo de avanzar hacia algún nuevo escenario, me pone en aprietos, me hace tiritar—me oprime el pecho—, y el corazón, presente aún, parece dispuesto a saltar al vacío.  Pero luego me invade una calma indulgente y vuelvo a ser esta voz recalcitrante cargada de preguntas cíclicas y clamores en bucle, y termino otra vez masticando mis propias escamas, recordando la presencia de algún amor aspirando el olor de mis propios efluvios, que dicho sea de paso distan mucho de ser lo que eran. Diría pues, resignado, que soy una central de información, una terminal de fibras cartilaginosas que tiene la forma de una entelequia con la que se puede interactuar, lo que sea que eso signifique hoy. Alguien transmite datos a través de mis capilares, y estoy desnudo, sí, así estoy, y tengo mensajes escritos por todo mi cuerpo, tengo rótulos con frases en cirílico, pegatinas viejas a punto de despegarse, y tengo cicatrices que algún día —concédanme esto—fueron besos.

Esto es, en esencia, lo que recuerdo: que algún día algo o alguien me besó en todo el cuerpo, y de eso sólo quedan todas estas cicatrices, y este tono de voz que bien podría ser el maullido de un gato castrado.

DIGRESIÓN

De acuerdo: tampoco se supo si un árbol que se desplomaba en medio del Amazonas tuvo en cierto momento importancia alguna a la hora de hacer una transacción en la bolsa de Nueva York, o a la hora de hacer fila para comprar un encurtido en Kiev. Admito que hoy, como están las cosas, tiene más importancia hablar del avance de nuevos imperios, con sus ejércitos de hombrecitos de ojos cetrinos. Hay que fundar, quizás, una nueva filosofía que analice y narre cómo estos nuevos ángeles sediciosos han empezado a comerse al resto del mundo, a comerse nuestros templos y nuestra memoria; números, teoremas, algoritmos y guiones cinematográficos, todo lo que se consignaba en las bitácoras contemporáneas, todo está siendo devorado por este nuevo antagonismo, y es sólo cuestión de horas para que también se devoren a tus padres, para que engullan a tu hermosa amante islandesa, y sí, también le tocará su turno a Orestes, nuestro perro ovejero, que solía orinarse encima mío cada vez que salía el arcoíris, y yo lo perdonaba, porque sabía que aquél era el anuncio inexpugnable de un destino glorioso.

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