Un aparato complicado / Encargos (III) / Agosto de 2013.

Para: Riccardo Giacconi.

Taller “Paisaje sin imágenes“, realizado en Lugar a dudas, en agosto de 2013.

Primera versión.

Un aparato complicado

     No hay que mirar hacia ninguna parte. Las pisadas del tiempo van al ritmo del corazón, y resuenan dentro del pecho, recámara donde se amontonan tantos pálpitos y tantos presagios, como los pasos solitarios de un huésped del que resulta imposible librarse.

Es la hora, y Valentín Alfeñique, que nunca aprendió a leer el reloj, lo sabe. Golpea dos veces sobre la puerta para llamar al señor, sabiendo que se está adelantando quizás un par de minutos, y qué importa, si para él estos minutos son viruta sin importancia. La ocasión lo amerita. Pero el señor no contesta. Alfeñique acaricia con sus manos inmensas la puerta de madera que parece un ataúd empinado. Manos y madera de una misma negrura. Es cedro puro, suele decirse a sí mismo, con el pecho hinchado, agradecido con sus buenos astros, que no permitieron que envejeciera entre tugurios infestados de paludismo, como muchos de los suyos. Si tuviera cola la movería, como los perros que han tenido la suerte de hacerse a un amo misericordioso

Dos golpes sobre la puerta. Dos más. Ya son cuatro en total. El protocolo dice que puede golpear la puerta hasta ocho veces. Después de esto tiene que dejar las cosas en manos del ejército o de la iglesia. Valentín huele la madera donde está tallado el tiempo; ojos cerrados, fosas nasales abiertas de par en par; el vapor que emerge es sangre condensada, un vapor rojo que trae siempre malos presagios.

Y el señor no contesta, pese a que ya es la hora.
Cuatro más dos son seis. Seis golpes sobre la puerta. Un helicóptero se aproxima, y el señor estará haciendo aún sus oraciones. El cedro de esta puerta tiene los años del mundo. Uno los puede oler: inviernos, glaciaciones, tormentas solares, carnavales y eclipses; imperios, conspiraciones, plagas seculares, incestos y profanaciones. La edad de este mundo viejo. El tiempo huele como esta madera, piensa, aplastando su nariz contra la puerta. A muchos les está negado el tiempo. A él, por ejemplo, que tiene que contentarse con intuirlo, o en el peor de los casos sentir cómo camina sobre su piel. El tiempo se mide —y está atrapado— en los libros que leen los señores. El tiempo es sometido por las máquinas, pero es también, en los sueños, un río de monedas de oro, y no se sabe cuándo acabará el tiempo, no, él no lo sabe. El tiempo es un vórtice que devora y expulsa palabras. A él las palabras le duelen, como cristales de salitre al miccionar. Hay que saber acariciar las palabras para volverse amo del tiempo. Sí, el tiempo es de los señores que edifican y crucifican, los que ordenan qué se hace con la madera, sean palacios, barcos, templos y estacas. A Cristo lo clavaron en un cedro, le dijo una vez otro de los trabajadores, en tono de advertencia. O quién sabe: a lo mejor era un ciprés. En todo caso, ninguno de los dos trabajadores levantó la mirada para examinar la estructura del edificio —hablaban siempre con los ojos pegados al suelo. Él, Valentín Alfeñique, joven respetuoso y de pensamientos incorruptibles, no se imaginaría que muchos años después empezaría a oler el tiempo a través de la madera. La madera que vive más que los hombres comunes, como él.

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El helicóptero sobrevuela las inmediaciones del complejo y desciende en círculos, antes de posarse cual libélula de hojalata sobre la inmensa pradera donde los señores han sembrado flores venenosas, para que los hijos de los trabajadores no equivoquen el rumbo ¿A quién llamar primero si el señor no da señales de vida? ¿Al brigadier o al monseñor? Tantos años temiendo la llegada de esta pregunta, y ahora, solo frente a la puerta de roble, o de ciprés, o de guayacán, Alfeñique no tiene a nadie que le asista frente a semejante contingencia. Con la mano en el pecho palpa lo que le dice el corazón. Palabras sabias deben ser, porque el suyo siempre ha sido un corazón noble. Ahora, pero ¿cómo entenderle a un corazón que, asediado por las circunstancias, solo balbucea jerigonzas?

Ahí está. Cómo olvidarla: la voz del señor es un trueno que se abre paso entre los estrechos pasadizos del oído. La voz del señor duele, pero es un dolor que cimenta la hombría y la lealtad. Ahí está el señor: un rugido que hace estremecer las torrecitas del control financiero del reino. A quién llamará el señor, se pregunta Valentín Alfeñique, con esos truenos que brotan de sus encías sanas. A él, ciertamente, el señor lo necesita a él, a Valentín el negro. El negro viejo que nunca supo cortar caña, pero sí vigilar desde una torre la simetría de los cortes. Dos golpes más sobre la puerta, para estar seguro, aunque ya le volvió el alma al cuerpo: son ocho golpes en total. El señor dice “Entre”. Y Valentín asoma primero su nariz aplastada y brillante, para que el señor tenga tiempo de incorporarse y lucir presentable.

—Se dañó este maldito cacharro—dice el señor, y se nota que no ha tenido tiempo de asearse como es debido. Mira por encima de sus anteojos el mecanismo del pequeño torno que funciona con baterías doble AA. Un mecanismo ramplón, el mismo que incrustan dentro de los soldaditos de juguete que caminan solos, pero que en este caso sirve para hacer girar dos pequeñas piedras calizas. Un pulidor de uñas que vale menos que un panal de huevos, y que ha viajado millones de kilómetros a través de los mares para estar en manos del señor. Una lástima.

—Puedo darle una revisada, si gusta, pero no hay mucho tiempo—dice Valentín.
—No puede ser tan complicado.
—Puedo asegurarle que es un aparato complicado, señor. Por eso la gente los tira a la basura.

—Allá mismo irá a parar este—dice el señor, haciendo a un lado el aparato. Y se mira las manos.

—Se le puede conseguir una docena si así lo desea. El centro de Cali está inundado de pacotilla china.
—Mire estas uñas, Valentín. Parecen garras, hombre.

Y Valentín, auscultando otra vez su corazón, traga saliva. Afuera está el helicóptero, descansando sobre la hierba, batiendo con suavidad sus aspas. Ella, la señorita, estará esperando aún que los remolinos de viento pierdan fuerza, para no despeinarse, para pisar el reino por primera vez.

—Esa piel no ha conocido un sol como estos—dice el señor, mirando por la ventana—dicen que las mujeres que son muy blancas casi nunca se bañan ¿usted qué piensa al respecto, Valentín?

—Pienso que a lo mejor fui blanco alguna vez, pero el agua del río me descascaró—dice Valentín, pensando todavía en lo que habría pasado si…

Porque estuvo a punto de llamar al brigadier, sí, ésa habría sido su decisión, y no le habría tomado mucho tiempo estar resuelto. El monseñor está viejo y ya no entiende lo que está en juego, porque el Espíritu Santo se le murió, cautivo en la jaula de oro que tiene escondida en las criptas de la catedral.
—Puedo facilitarle unos guantes, señor, para disimular lo de las uñas.
—Me gusta esa idea.
—El carro está listo. Todos estamos listos.
—Vamos.

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