Sus enaguas flotando en el vacío / Encargos (I) / Agosto de 2012

Para Yolanda Chois y Diana Marcela Cuartas.
Proyecto: La pequeña miscelánea ilustrada de la Cali moderna

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Primera versión:

Sus enaguas flotando en el vacío

“El interés que el civilizado siente por los llamados pueblos atrasados es de lo más sospechoso. Incapaz de soportarse más, se esfuerza por descargar sobre ellos el exceso de males que lo abruman, los incita a probar sus miserias, los conjura a afrontar un destino que ya no puede arrostrar solo”.

E.M. Cioran

Hay una confusión lamentable acerca del término utopía: se entiende como un estado mental parecido a la estupidez, y no como la posibilidad de imaginar algo atrevido y genial: una iglesia en llamas o un salón de clases vacío; en ambos casos  podríamos decir que la humanidad ha tomado una decisión lúcida, y en consecuencia ha obrado sin agüeros, incendiando a Dios y abandonando el proyecto academicista.

Uno podría pensar una sociedad utópica donde se castiga de forma ejemplar al necio y al fantoche. Por ejemplo, con la amputación de ambas manos a quien ande escribiendo pendejadas. Luego, otros necios podrán dictar sus cartas, podrán escribir panfletos con la lengua, pero no lo harán. La lección estará aprendida. Dicho lo anterior, este honesto servidor se compromete a ser el primero en dar un paso al frente, dado el caso. Este texto deberá proyectarse entonces dentro del marco normativo de aquella sociedad utópica.

Voy a arriesgarme.

Digamos de una vez que el asunto de la modernidad tiene que ver, principalmente, con lo que se ha escrito: tonterías.
En la celebración del proyecto moderno hemos visto desfilar la insensatez, sobre todo en los planteamientos que han intentado explicarlo. Pero esta misma verdad nos permite entender, precisamente, en qué consiste lo moderno. Llamémosle, por lo pronto, crisis.

Esta sería una forma bastante sensata de explicar la modernidad: reconocer en ella, como algo inherente a su gran paradigma ideológico, el concepto de crisis. Una autopista de alta velocidad es una invitación al abandono, a irse lejos, tal vez a la mismísima mierda, pero también se puede pensar que esta autopista me permite cumplir con eficiencia una condena: llevarme hacia una oficina donde tengo que hacer la misma vaina día tras día. Todos  los días de mi vida. Otro caso: se proyectan edificios altos para que la gente pueda reconocer el horizonte. Yo divisaba, desde el piso décimo del Centro Administrativo Municipal–mi lugar de trabajo durante casi dos años–los límites del valle; veía la hediondez paisajística de Yumbo, y a veces hasta alcanzaba a distinguir, muy diminutos, los aviones que despegaban y aterrizaban en el Bonilla Aragón. Así me pasaba buena parte del día, puliendo con esmero mi pose de observador atontado. Pienso en los rascacielos de Shangai o en las torres que rodean al Central Park en Manhattan, y lo primero que se me viene a la cabeza es el gesto desafiante–y procaz–de una erección. No hay mucho que explicar en este caso. Por lo demás, lo que me parece interesante del proyectar hacia arriba es el hecho de que se ponga al individuo frente a una posibilidad: caer.

Aquí el título de una nota de prensa publicada en un diario local, a mediados de 1963:

 

“Espectacular suicidio de una Demente en Cali”
14 de mayo de 1963.

Tendremos que disculpar, allá donde Dios y la incertidumbre metafísica hoy le guarden,  al buen hombre que decidió titular de esta forma un salto al vacío. Un acto que ocurrió, como diría Camus, en la soledad del corazón.  Por desgracia, así no lo  pudo resumir la madre de la suicida, quien ante la insistencia del cronista sólo atinó a repetir lo que el rancio discurso hegemónico ya había afirmado por ella: su hija era una dama de buenas costumbres, sin vicios ni mañas conocidas, una mujer con las enaguas bien puestas, trabajadora, piadosa y servicial, y, sin embargo…

Esta enunciación autómata, donde la doliente recita–casi de memoria– aquello que debería ser el orden ideal de las cosas, es un juego perverso en el que la mujer no puede evitar juzgarse culpable; es ella, después de todo, quien ha parido una especie de monstruo que la sociedad se ve obligada a padecer, algo así como un agente patógeno que, por muy molesto que resulte, se puede tolerar[1]. La aberración  es aceptable, siempre y cuando el agente esté confinado y anulado políticamente. Pregúntenle a los sobrinos de Osama Bin Laden, o a los ahijados del mono Jojoy.

Volvamos a nuestro problema walterbenjaminiano: mucho le hubiese costado a nuestro relator moderno referirse al hecho con  brutal honestidad: era una puta loca, un anatema cargado de estrógeno. Más que su contrato en el pasquín, nuestro ganapán habría arriesgado su propia suerte como individuo político, una cosa que a pocos parece importarle  (efecto magistralmente perverso de la banalización), pero que, en últimas, es todo. Lo que estaba en juego, como veremos, era mucho más que los modales profesionales y la prudencia del reportero frente a un caso aislado de esquizofrenia.

Miremos el asunto crucial:  hay en la ingenuidad morbosa de esta noticia una pista; el proyecto moderno tomaba forma en Cali[2]. La pregunta del millón era entonces: ¿cómo apropiarse del hecho a través del discurso periodístico? ¿cómo instalar entre las penosas vidas de los mandriles inermes el discurso de la ideología dominante, a propósito de un hecho tan desconcertante como el suicidio? Tal vez como un señalamiento doloroso frente a la pérdida del sentido de la vida, o, finalmente, como una pataleta que anula todas las certezas metafísicas, y que al mismo tiempo inaugura un nuevo período donde la soledad y la desazón, puestas en el escenario de lo espectacular, satisfacen un deseo arribista y petulante: el hombre moderno está listo para ser tentado por la vaciedad del miedo psicológico, por el asco al fracaso. Ahora sí, que se instale el progreso en nuestros corazones.

Tal vez el referente–un cuerpo estampillado sobre la céntrica calle octava–nos pone en aprietos, nos confunde, sobre todo porque la forma en cuestión viene a ser todo lo contrario: un reguero de tripas, imagen procaz de la rebeldía.  Seamos felices con la duda: a lo mejor no todo es estupidez en el presente narrativo de los hombres de prensa; cabe también–en la soledad de sus entrañas–la sospecha. Algo grande caminaba entre las sombras. No podremos determinar, eso sí, si el énfasis en lo espectacular y en lo demente del acto suicida se debe a la obediencia, a la mediocridad, a la fascinación idiota o, para no ir muy lejos, a una especie de sexto sentido periodístico. Todos los escenarios podrían ser legítimos.

Lo cierto es que muchos esbirros de la información pusieron a trabajar sus pezuñas día y noche ante la eventual modernización de la ciudad. No ahorraron adjetivos ni gargajos apologéticos. Se puede uno partir de la risa revisando algunas anécdotas.

A partir de mediados de los cincuenta aparecen en la prensa local píldoras entusiastas donde se celebra la construcción de nuevos edificios de corte moderno: esperpentos de una perfección geométrica y un minimalismo desconcertantes. Estos proyectos modernos portan la promesa de sacar del pantano al retardado espíritu económico de la región. Walter Benjamin fue muy preciso al respecto, cuando analizó en su texto El narrador (1936) la pobreza espiritual de la información moderna: el afán efectista, (el golpe psicológico) que poco tiene que ver con las prácticas narrativas de antaño, donde el sentido de la vida se renovaba en la oralidad, el tiempo y la distancia, fosilizó la memoria de la humanidad. La consecuencia de todo esto es así de sencilla: el silencio y la afectación imbécil toman posesión dentro del pellejo del hombre moderno, negándole de tajo la posibilidad de comprender los acontecimientos de un mundo devenido en letrina. Guerras y genocidios han sido explicados, desde entonces, como curiosidades históricas y culebrones espectaculares.

Así, supongamos que el edificio del que se arroja la mujer demente hizo parte de aquella campaña civilizatoria; bajo los cimientos–promesas modernas– de aquellas copias desabridas de la vanguardia arquitectónica europea están, como diría William Ospina[3], las trampas del progreso: el relato eterno donde podemos ver cómo el gentleman criollo robaba tranquilamente tierras y acababa con las posibilidades reales de desarrollo en la ciudad. En estas memorias sepultadas está– hecho polvo– el proyecto social, y esto, precisamente, inscribe la suerte de este hermoso peladero en un escenario donde lo moderno sí se cumple: es decir, la fantasía y la estafa atomizan la verdad, anulando cualquier posibilidad de hacer conexiones, de recordar. Hemos olvidado que fue este muñeco perfumado y bien vestido quien diseñó el fracaso de nuestra tierra salvaje. Sembrador de caña a diestra y siniestra, fue él quien envenenó a punta de mierda cosmopolita ríos y humedales donde vivían tranquilamente criaturas inefables, reptiles tornasolados y pájaros con alas de plata.

Hay una imagen que Eduardo Galeano[4] rescata en su trabajo sobre el proceso de colonización en América Latina, donde se explica de manera sencilla el asombro oscurantista de los cronistas de la Corona. Y así puede finalizar esta reflexión:

“(…) los indígenas fueron completamente exterminados en los lavaderos de

oro, en la terrible tarea de revolver las arenas auríferas con el cuerpo a medias sumergido en el agua, o roturando los campos hasta más allá de la extenuación, con la espalda doblada sobre los pesados instrumentos de labranza traídos desde España. Muchos indígenas de la Dominicana se anticipaban al destino impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y se suicidaban en masa.
El cronista oficial Fernández de Oviedo interpretaba así, a mediados del siglo XVI, el holocausto de los antillanos: «Muchos dellos, por su pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron por sus manos propias»”

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[1]

Dice Slavoj Žižek que el otro es aceptable mientras su presencia no sea invasora, mientras el otro no sea realmente otro. La tolerancia coincide con su sentido opuesto: mi deber de ser tolerante con el otro significa efectivamente que no debo acercarme demasiado. Esto es lo que emerge cada vez más como el “derecho humano”: el derecho a no ser acosado, es decir, a mantenerse a prudente distancia de los otros.

[2] El problema es que no se esperaba, de acuerdo con las promesas mundiales, que la modernidad se pudiera manifestar como un malestar frente al sentido de la vida, consecuencia directa, claro, del desplazamiento sísmico de muchos terrenos ideológicos, de la sistematización y la racionalización del mundo. No hay que pormenorizar la cuestión: a la sensación triunfal, a la soberbia del que construye máquinas y cauteriza heridas espirituales, le suceden el tedio, el marasmo y la soledad.

[3] “Es tarde para el hombre” William Ospina. Editorial Norma S.A., 1994. Bogotá.

[4] “Las venas abiertas de América Latina” Eduardo Galeano. Ediciones Nacionales Círculo de Lectores Ltda. Bogotá.

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