Aquí

Pude hacerlo: vivir dentro de una empanada de esas que venden en Las Américas. Lo de vivir lo discutimos después. O no, tal vez no. No habrá tiempo para eso.
El caso es que aguanto, vos sabés. He estado en peores lugares. La segunda parte

del plan, que por razones muy personales a nadie le he contado, es que llegués vos con el firme propósito de comerte una empanada, y bueno, adiviná cuál es la empanada que terminás embuchándote.

A vos te gusta contextualizar todo. Ya me acordé. Bendita maña.
Tampoco hay tanto afán.
Un día recordé esa película gringa donde este tipo escuálido y apocado–científico amateur–se inventaba un aparato para miniaturizar a la gente. El hecho de que haya empezado con sus hijos no me parece hoy tan accidental. A cualquiera podría sonarle la idea, además, si no recuerdo mal, la esposa aguantaba sus buenas revolcadas todavía. Pero con niños de tamaño real el sexo pierde todo sentido. Más gracia tiene un partido de bádminton entre dos cuñados.
El caso es que mis ocurrencias se deben más al tedio que a un trabajo mental épico, eso te dije un día, por decir cualquier cosa. Pero es verdad. Así que ahí estoy, a punto de tirar la toalla, y de pronto me imagino del tamaño de un maní. Lo que siguió fue una concatenación que al principio era puramente lógica, y claro, nada interesante: mi relación de escala con las cosas, mi noción del espacio, luego mi tamaño frente a las ideas que sostienen el mundo de otros que son más grandes, bla, bla, bla…
La cosa se pone interesante cuando llego al punto donde aparezco en tu vida, diminuto. No voy a dar muchos detalles, pero así de pasada te cuento que hice cosas atroces, vainas de las que me arrepiento. A lo mejor estás pensando, pobre mujer, que te vi desnuda sin consulta previa, o que me aventuré a perderme entre quién sabe que parajes innombrables del reino que Dios bien supo hacer sobre tu cuerpo, y cosas por el estilo. Nada de eso. Si algo de semejante vulgaridad llegué alguna vez a concebir, te juro que se trata solamente de este el final que estoy a punto de procurarme, del cual vos, como ya expliqué, tendrás que hacer parte. Aquello que defino como atroz tiene que ver con escuchar, sin ser visto, todos y cada uno de los pensamientos que tiene una persona. Ahora tiene mucho sentido ese cliché del guevón que dice que fue por amor y salió trasquilado. Bueno, ese dicho no existe, pero ya entendés la idea.

Yo sé que odiás las empanadas, pero me temo que esta noche la vas a cagar (en el sentido literal y en el otro).
Ya ves lo que pasó hace una semana: tampoco podés entrar al Museo de Arte Religioso porque empezás a estornudar, y aún así lo hiciste; acariciaste los dedos de las estatuas y te sentaste en una banca, en la parte más oscura, a llorar como una niña. LLevabas más de una década guardando ese sapo entre las costillas.
Sé muchas cosas. Las apuntabas en un cuaderno de esos que regalan por la compra de productos La Santé. Tenías muchos propósitos para escribir en ese cuaderno. Decías que era tan feo, tan aburrido verlo, que al final resultaba inspirador.
Yo no sé por qué estuve a tu lado tanto tiempo. Ni por qué terminé sabiendo tantas pendejadas. Me volví una piñata. Los últimos años–sí: años–me los he pasado tratando de conectar palabras y gestos que has ido dejando regados por ahí, como ropa sucia, pero es como resolver una ecuación teniendo ganas de orinar.

Aquí te espero.

empanada

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