Algoritmos

Esta vez sí iba en serio la cosa. Derribarían nuestra casa, ladrillo por ladrillo, con porrazos aquí y explosiones controladas por allá, con retroexcavadoras arrancando a mordiscos el techo, papel viejo y tostado por el sol, que se desprendía entre crujidos y estornudos que llevaban años atrapados entre las vigas de hierro y la cañabrava. Hay que ver cómo se divierten los hombres destruyendo una casa. Parecen niños jugando con sus máquinas el día después de navidad.  Yo estaba triste, no sólo por tener que presenciar aquella masacre; estaba triste porque el pelo se me estaba cayendo, sin darme tregua; estaba triste porque mi hijo había perdido otra vez el año, estaba triste, muy triste, porque la profesora que me llamaba para decirme que a mi hijo le iba muy mal en el colegio estaba increíblemente buena, y yo, divorciado y retirado de las canchas a temprana edad, era incapaz de invitarla a saborear un helado, un helado de cualquier cosa, de manteca o de níspero, me da lo mismo. A los tipos tristes como yo no les gusta el helado, y eso, según dicen, es algo muy triste. Y patético. Sí, para qué lo voy a negar, estaba triste porque mis padres aún vivían, y claro, no fue agradable verlos llorar en voz baja, muy callados como siempre han sido, rendidos y apáticos, como cuando se agacha la cabeza ante el sadismo y la brutalidad de alguien más fuerte que uno.
Hay más chécheres que recuerdos, me digo, para tranquilizarme. Todo va a parar al río, y luego al mar, y luego al estómago de una ballena, y luego…qué importa.
El jefe de la demolición me hace una seña desde la cima de una pila de escombros,  y no sé qué me quiere decir, no entiendo lo que grita, porque en la boca tiene pocos dientes y para colmo tiene entre los labios un tabaco que no se consume nunca. Haga lo que quiera, le respondo con otro gesto. Prosiga ¿Recuerdos? No sé. Supongo que debería hacer un esfuerzo, antes de que tumben todo el rancho. En aquella casa el amor convivió con la resignación, como convive uno con los hongos cutáneos. Después de un tiempo, la gente deja de mirar álbumes, y después deja de agradecer a Dios cuando la comida está servida. Hay comida, sí, siempre hay comida. Siempre tuvimos comida, pensábamos, maravillados y enmudecidos, y si en el pasado mi padre o mi madre se acostaron una noche sin dormir, poco importaba ya, había que olvidarlo, porque el amor había curado todo. Como una lobotomía cura la ansiedad. Cada desayuno, cada almuerzo, cada tarde tomando café, era una lección de aceptación. En la televisión mostraban a un ciclista con la cara ensangrentada, y mi padre se limitaba a gruñir. Mi madre apagaba el televisor, para que nos miráramos las caras reflejadas en la pantalla negra. La familia crece y se hace fuerte a medida que sus miembros van creando una complicadísima red de traiciones y decepciones. Cualquier otra posibilidad, por hablar de un modelo de familia perfecta y rutilante, es ficción, y la ficción se vuelve tan peligrosa como la dinamita. No se puede acumular, y no se puede andar poniendo alegremente al sol. Así que sí, fui amado, y fui instruido para amar. Eso le digo al reflejo que veo todos los días en el espejo, al hombrecito que ya no tiene pelo pero sí dos posgrados en el extranjero, uno de ellos con tesis laureada.

bcaicedo
Mis padres saben que este es el último capítulo. Se irán a vivir a un apartamento pequeño, paredes de pánel yeso y baterías sanitarias de polietileno, como las de una casa de muñecas. Sacaré mil excusas para no visitarlos, y sé que ellos estarán esperándome siempre, sentados en la sala, teniendo muy claro, de todas formas, que una visita no puede tomar más de una hora. Después de esto no hay nada. El futuro es un lugar común que no merece la pena considerar. El futuro no le pertenece a nadie, así que está más allá de toda opinión. El problema aquí era ver si había algo que recordar, y eso ya está resuelto. Mis padres olvidan con frecuencia el nombre de mi hijo, le dicen Lucas, o le dicen muchachito, y él, mi hijo Samuel, evita hablar de sus abuelos en el colegio. Lo sé, y está perdonado.
Al final, por distintas razones, biológicas y culturales, la memoria se encoge hasta volverse un hilo que el viento zarandea a su antojo. Hay que escoger, y en este caso, siento que hemos escogido este instante: la demolición. Tuvimos una vida, y fue real, buena o mala, poco importa. Tuvimos una casa y con ella la necesidad de permanecer juntos, sin un plan concreto. Pasar el tiempo, cerrar las ventanas en la noche para que la lluvia no moje los muebles, pintar una pared y espantar a los gatos que se cagan en el tejado. Una vida llana y larguísima, como estas tardes de agosto.

Ahí está: basura, hierros retorcidos y tuberías secas. Hagan lo que quieran, les grito a los tipos de la demolición. Después, quizá mañana, tendremos tiempo para hablar de todo lo que fuimos, porque tiempo hay siempre, hay tanto que no sabemos qué hacer con él. Por lo pronto, mañana tendré que darle un par de correazos a mi hijo, por su propio bien.

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