Ellos miran hacia el este

—Quiero un sonrisa así de grande—dijo Pía de Tortelli, abriendo sus brazos y rasgando el aire con sus uñas pintadas de azul metalizado.

El cirujano calculó, a vuelo de pájaro, que la horizontal que trazaba la mujer tenía unos 40 centímetros de largo, y la imaginó estirada sobre un rostro de polietileno color piel. Sería una cicatriz viviente, emancipada, si se quiere, y remotamente interesante.

—Humm—dijo el cirujano, tocándose la nariz, que a esa hora del día estaba demasiado grasosa, y permaneció callado un rato más. Siguió pensando que

todo se resolvería de forma relativamente práctica, incluso cómica, metiendo a las malas, en la boca de la mujer, uno de esos plátanos gigantes, y al final —pensó— estaría más que dispuesto a sacar a esa loca de mierda de su consultorio, dándole una patada en el culo. Pero el cirujano necesitaba el dinero de esa mujer, más de lo que ella alcanzaba a suponer(si es que en realidad a ella le importaba eso), así que se vio obligado a seguirle la corriente.

—Podemos diseñarte una sonrisa así de grande— puso ambas manos a la altura de sus ojos, frente a la mirada ansiosa de la señora de Tortelli, señalando un segmento de vacío que mediría unos 25 centímetros.

La señora se acercó al escritorio del cirujano, como para verificar las dimensiones de esa risa imaginaria que él había trazado con sus manos suspendidas a la altura de sus ojos.

—Quiero que cualquier persona pueda ver, desde muy lejos, que sonrío pese a todo ¿Me entiendes? Quiero estar al alcance de los teleobjetivos.

—Tu sonrisa podrá verse desde el espacio, Pía.

Risas. El cirujano dejó caer ambas manos sobre el escritorio, y el efecto del golpe derribó un termómetro que le habían regalado en un seminario de cirugía plástica en Cartagena, y que tenía la forma del famoso edificio Empire State. Con un lapicero movió el objeto yaciente, que se había partido en dos, y comprobó que el líquido rojo que supuestamente debía reaccionar a los cambios de temperatura apenas se había desplazado con el accidente.

—Mi marido tenía uno de esos, pero con la forma de la Venus de Milo—dijo la señora Pía de Tortelli.

—Eso no parece mercurio—dijo el cirujano, tocándose la punta de la nariz.

—Quiero que conozcas a una mujer inspiradora—dijo la señora Pía de Tortelli, y le mostró al cirujano algo en la pantalla de un teléfono celular de gama alta.

—Dios mío.

—Hasta las últimas consecuencias—dijo la señora Pía de Tortelli.

—¿Cuánto tiempo permaneció así?—el cirujano ya había apartado su mirada de la pantalla y ahora abría un poco la persiana, para que se filtrara algo del resplandor amarillo de las cinco de la tarde.

—Dos años, cuatro meses, y algunas semanas.

—Nunca había visto un equipo de ventilación mecánica artificial tan complejo.

—Sí, trajeron tanques repletos de ozono y una planta eléctrica que puede suministrar energía durante varios meses a una ciudad de tercera categoría, como Cali. Escuché que sus hijos importaron todo de Suecia, pero en realidad lo que me parece inspirador es la manera como…

—Parece estar…—dijo el cirujano, asomándose otra vez, con sigilo, a la pantalla del teléfono.

—Sonríe hasta su último aliento.

—Déjame cerrar la persiana, Pía. Así está mejor.

mediterrneo

 

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