Antaño eran las estrellas

Está en las nubes, que parecen zurullos blancos. En el sarro que saluda muy cínico cuando pelas los dientes, está flotando entre los cristales cian de tu orina. Está codificado en el sonido que hace el fax cuando escupe su papel, y tú lo sabes; está en el papel milimetrado,  en el papel mantequilla y en el papel ecológico, da lo mismo; está ahí, escrito en ése papel transparente. En la información nutricional escrita en la parte de atrás de un jarabe de hiel de armadillo. Está en la sección editorial del periódico, semana tras semana, hora tras hora. Está escrito en el dorso de tu mano, con la caligrafía de una mujer, dices, como si eso realmente importara. Como si pudieras estar en paz. Allá afuera está escrito, en la inmensa pantalla de basura estroboscópica que nunca se apaga. Antaño veías las estrellas y hablabas solo, te entrenabas. Explicabas el movimiento de las constelaciones y hacías cálculos sobre la vida de los luceros recién nacidos, basándote en lo que aparecía en la sección de curiosidades de una revista para mujeres mentalmente atrofiadas. Te esforzabas. A veces te abofeteabas, y te obligabas a seguir así, especulando, hasta el amanecer. Tu vida es otra después de que pusieran ese espectáculo de neón frente a tu ventana. Has silenciado al otro. Lo asfixiaste. Lo violaste mientras agonizaba.

Nadie pensaría mal de ti. Nunca, aunque teclees mensajes y los envíes al espacio preguntándole a algún interesado si percibe una peste, porque tú sí la percibes.

En todas partes está escrito: tu vida es una mentira.

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