Las naves tenían nombres de dioses griegos

Se urdía a pocas cuadras una conspiración entre fanáticos de las armas nucleares y las revistas pornográficas del bloque oriental. Yo estaba encerrado en el único baño que teníamos en casa, intentando sacarme los ojos con una cuchara como las que se usan para servir helado. Lo único que conseguí fue hacerme cortes alrededor de los ojos, líneas rojas y magulladuras de color púrpura que me hacían lucir como un auténtico disoluto sin carácter. Si mi padre hubiera vivido para verme así de seguro habría deseado ser arrollado por un camión cisterna.

Por fortuna, mi padre había muerto a causa de la mordedura de un perro rabioso, y eso no lo podemos olvidar. Hasta el cura fue incapaz de mostrar algo de respeto. Lo enterramos en un cementerio obrero, junto a una inmensa fábrica de cemento, en un agujero gris y polvoriento como el cielo que se alzaba sobre las chimeneas y las casas aledañas.

Mi madre estaba al otro lado de la puerta. Podía ver sus pies y la sombra de su cuerpo enfermo arrastrándose con dificultad hasta quedarse inmóvil, respirando por la boca, mordiendo con desespero el aire y las esquivas partículas de polvo. Sabía que no me haría preguntas idiotas. Sabía que de necesitarlo, la pobre sería capaz de vomitar en sus propias manos, vomitarse toda ahí mismo, de pie frente a la puerta del baño, sin decir una sola palabra. Mi madre era ahora un proyecto mortal a punto de culminarse, un cáncer estructural y milimétrico, un algoritmo que había descartado con pulcritud cualquier rastro de piedad por sí mismo, y por eso lo poco que quedaba de ella era eso: bilis y pústulas bajo su lengua. Desde hace meses había dejado de experimentar dolor. Era una fase terminal que algunos médicos catalogaban como milagrosa. Ahora sólo sentía deseos de vomitar y de respirar como alguien normal. En realidad, su cuerpo— si se le puede llamar así— era una especie de grieta fluctuante por donde las cosas, las miradas y las palabras se iban, para perderse en la antimateria.

Pensando en esto me sentía más miserable que mi padre. Más miserable que el cura sonriente que roció con los orines de Cristo el féretro de mi padre, pero mi deber era permanecer ahí, meditando bajo una bombilla de sodio, hasta que algún día todo el esfuerzo diera algún fruto. Guardé la cuchara para helado en el bolsillo trasero del pantalón y me encaramé sobre el inodoro para mirar hacia la calle.

Afuera los conspiradores se reunían en torno a una ojiva que les acababa de llegar por correo. Las luces de la calle empezaron a encenderse una por una, desde la última farola que estaba en el extremo norte del barrio hasta las que alumbraban los rosedales marchitos en la entrada de mi casa. Un muchacho gordo se sentó sobre la punta de la bomba y se quedó incrustado, y con aquel gesto lo ineluctable perdió toda gracia a esa hora. Exhausto, se quitó la gorra que seguramente había usado todo el día y por fin levantó la mirada. Su cara era una bola de grasa con turupes y pelos rojos. Los otros, que todavía permanecían al pie del arsenal, también miraron. Uno de ellos, el más chico, dejó caer su bicicleta sobre el césped, y los demás lo golpearon en la cabeza para que saliera del letargo. En los ojos de todos pude distinguir destellos verdosos; la luz de los faroles encogiéndose y expandiéndose en cuestión de segundos, como si fueran pequeños aviones perdidos entre la niebla, aunque también era muy probable que solo fueran luciérnagas, y que mi madre ya no estuviera al otro lado de la puerta.

9902125

 

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