Suena el teléfono: buena parte de la memoria es infelicidad pura, como el agua de Marte

Pyongyang, Valle del Cauca: ¿a cuántos se llevará esta vez la ola de frío?
Este año millones de personas dormirán en las calles la víspera del desfile.
Faltan pocas horas: sobre las colinas revolotean algunos rayos. El alcalde aprieta los puños, el fiscal pide otro escocés sin hielo, el capitán se enjuaga el sudor de la frente con un pañuelo de seda que su amante, un pintor turco, le mandó desde el otro lado del mar. Nadie se atreve a pronunciar el primer discurso, pero hay un sonido aterrador, como la música infernal que brota de las entrañas de un volcán activo.
Recorro las paredes con mi lengua y siento la electricidad. Los hombres que hay en la calle responden con sendas carcajadas; son solidarios–cuando se ven humillados por el malhumor de Dios– aunque de vez en cuando uno de ellos se lanza a morder el cuello de otro. Y se matan, como lobos ciegos, frente a los carros, sobre cualquier autopista.
No es hambre lo que tienen; están enfurecidos, y no hay analgésico capaz de apaciguar las feroces punzadas de ansiedad.
Los gatos y los pájaros huyen, las alarmas de los carros se encienden y gritan al paso de las bestias.
Son elefantes descomunales, cubiertos de esmeraldas. Ni un tanque alemán podría derribarlos.
Pliego el mapa, suspirando, dibujando el territorio real en el espejo del baño, que está húmedo y grasiento. En mis ojos hay dos planetas agonizantes, condenados a dormir para siempre bajo la sombra de nubes rojizas.

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