El cuadro de la última cena

Ya lo han visto: es un cuadro donde todos están a punto de pegarle a un buen aliño.
Jesús, dedos acariciando algo invisible, les da una indicación.
A Judas le dice: entrégame.
A los demás: coman.

Algún  familiar tuyo lo trajo un domingo.
Un tío analfabeto. Mal aliento. Mala dicción.
Le gustan las patadas en el culo y los intestinos de vaca.
Lo describo con justicia.

Todo un acontecimiento.
Un detalle con el que un ganapán se gana el cielo
y la gratitud de un par de mujeres muertas en vida
un par de espantapájaros con las cuencas oculares vacías
Mi abuela y mi tía.
La primera incapaz de gritar.
Inapaz de asesinar a un hombre.
La segunda con pérdida de oxígeno al nacer.

¿Y qué deseaba el tío, aparte de jodernos un poco la vida?
Café recién colado y pan con mantequilla
La vieja recalentó un café y le sirvió el pan en un plato del que antes comía un perro: Canelo.

Ahí estaba la dichosa pintura, en nuestra casa
Jesús y los mamones que lo seguían a todas partes posaban como eunucos conceptuales
No había nada de humildad en esos tipos.
Estaban limpios.
Olían a colonia de baño y a tolerancia
Olían a incienso, a aceites para violar niños
Carroña, eso era lo que yo decía.
Son carroña, la más hedionda.
Yo tenía unos once años, y ya sabía muy bien cómo debían ser las cosas.
Jesús me sacaba toda la mierda
Los lameculos que iban detrás suyo me daban asco,
me recordaban a la gente de todos los días
al tipo del banco
al político
al carnicero
a la enfermera
al recien nacido
al jugador de fútbol
al obrero
al científico amigable
al pianista
a la monja

Tal vez era navidad o alguna fecha de esas que ponen muy mal a casi todo el mundo
sobre todo a este tipo de gente
gente jodida de verdad
la gente que me crió
hasta la médula de frustración
de pus
de fe

Rosa, mi abuela, colgó el cuadro en la pared que veías tan pronto cruzabas la entrada
Esto no es un palacio, le dije.
Ella siguió, sin escucharme. Nunca escuchaba.
La tomé por un brazo, con fuerza. Ahora sí escuchaba.
Alguien te va a partir ese cuadro en la cabeza.
Un día de estos
Tal vez yo, tal vez tu hija. Tu pobre hija.
La sorda
La infeliz que encerraste en un sótano
para que no viera el sol sobre su piel
para que nadie, salvo tú y tu maldito dios,
sintiera el placer mezquino de la compasíon

Rosa aceptó los riesgos.
O no entendió.

Todos los años me preguntaba
¿Cómo se imagina uno todo esto antes de nacer?
Aquella partícula invisible nadando en la sangre
del padre
en el agua salada del vientre materno
en la consumación de otra vida
en la irresponsabilidad
en el amor,

ésa vulgaridad
ése chiste fácil
ése dogma para tontos
ése pretexto para no entender la perfección biológica de la de sífilis
o de los problemas sociales
ésa maldita mentira que hace posible todo
todo, como magia
la comida que tragas en medio de necedades
la mierda que almacenas y no puedes evacuar
todo

Las preguntas no dejaban de aparecer
llegaban, como aves nocturnas
como insectos entrando a tus oídos
y mis pies seguían creciendo
y luego me salieron esos horribles pelos de animal

sales de una, pero no hay tregua
al otro día eres un jabalí
un simio mal hablado
un truhán
un ciclón en el estómago
y solo ves el paredón
las opciones reducidas
es el amor o nada
una pistola en la sien
un muro infranqueable
el verano y las piernas bronceadas
de todas estas nuevas mujeres
millones de mujeres
no, no es así como imaginé esto
es un asco
si lo pienso
aunque a muchos les va peor

a lo mejor soy yo el vencedor
y la vida es una víctima
y soy el que la folla por todos sus huecos
y se caga en sus mejores momentos
en sus flores
en sus amaneceres
en sus estrellas

Le dije a Rosa que este día llegaría
pero no quiso escucharme
que se la coman los perros callejeros
se lo advertí

Su hija la sorda llora en el suelo,
está en cuatro patas, con los puños ensangrentados
parece un cerdo al que le han aplicado hormonas
grita
que no la dejaron ser una puta, como Simone de Beauvoir
no la dejaron salir con un rifle a matar cuanto pájaro cantara
grita que alguien le robó su vida
y mira a Jesús, ahí en el suelo, arrugado y arropado por miles de cristales cortantes
lo mira y deja caer gotas de sangre sobre aquella imagen
sobre aquel rostro de satisfacción

Ése día juro sobre mi tumba
–lo único que tengo–
juro que dije la verdad
algo para lo que no existe remedio

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