La fermentación del alma

Hice lo que manda el buen vivir: expulsar. A parte de usted, nadie más tiene que saberlo. Guardémonos algo para esos momentos muertos que nos esperan, a usted y a mí, cuando empiece en serio el fin de todas las cosas que conocemos. Paciencia y prudencia, que los cables de fibra óptica van a durar otro buen costal de años.

¿Y qué es lo que estoy expulsando, que me digno a comentarlo aquí ? Una pretensión. Una lectura que busco hacer mía (por la fuerza) y que ni siquiera logro colar en mis sueños más indecibles. Permítaseme optar por lo más simple ( y sé, por experiencias muy cercanas, que esto resulta infalible): piensen pues en un peatón amodorrado y abatido que pierde el preciado tupé que con tanto esmero puso esta mañana sobre su cuero cabelludo despoblado. Sí, un hombrecito poniéndole empeño a un proyecto crucial. Se midió varios estilos, hizo pruebas de color y de textura. Al final escogió algo que le pareció más o menos acorde con el resto de su apariencia. Es verdad: hasta su mujer decía que le provocaba una especie de admiración verlo así, decidido a vivir con algo antinatural. Antinatural, repitamos, porque aquí está la clave. Nuestro hombre sale a la calle, hace sus diligencias, saluda a fulano, a pepita y a pepita, sortea las bromas fáciles, se adelanta muchas veces a sus comentaristas, en fin, maneja la situación. Pero hay que verlo cuando dobla en una esquina y se pierde de la vista de los demás. Deja caer sus hombros y suspira. Si esto es un miserable día, piensa.

No, amigo, no se puede vivir así.

Y ahí, casi de rodillas, suplicante, nuestro hombrecito recibe una mano. O una pata, mejor. Una garra sifilítica de una paloma carroñera, asquerosa y todo lo que ustedes quieran, pero definitiva al fin de cuentas ¡Zas! el tupé ha desaparecido. Se fue volando. La paloma raponera construirá con sus fibras un nido de amor. Nuestro hombre respira aliviado. No fue tan traumático, piensa; ahora estoy libre. Seré el mismo microbio acomplejado y resentido, pero al menos viviré sin ése miedo adicional que quise cargarme, en ese tonto afán por salir de esta lenta y dolorosa agonía. A los hombres se nos olvida comúnmente aquella verdad que reza que todo siempre, siempre, puede ser peor. Cliché, pseudo filosofía, tal vez. El caso es que ocurre, y punto. Libre nuestro tipo de semejante farsa, podrá seguir su camino, y toparse con cosas que lo hagan sentir menos infeliz. De eso se trata.
Por eso celebro (a mi manera, claro) la visión de aquella pretensión babeante deslizándose toda ella hacia algún drenaje; eso que tenía atascado en el pescuezo va a paso lento, pero seguro, al encuentro con otros desperdicios. Un escupitajo literario se va por las viejas tuberías.

Mañana cuando abra los ojos, el mundo que me recibió hace décadas no me extrañará (¡Y estaré vivo, para colmo!). Pero bien, yo podré decir que tampoco extraño a ese horrendo gargajo de mentiras que algún día quise volver arte; otra forma de excreción que muchos encuentran encantadora. Así pues, tomo un papelito y escribo con letra débil algo para mi improbable posteridad.

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