Siguiendo con esto

De alguna manera, he logrado abrir algunos de estos instantes de miseria emocional como si fueran un manojo de hojas de lechuga. Un cerebro de lechuga, si quieres, el cerebro de un rumiante cansado. Y aquí están, amargas, ennegrecidas por una especie de gangrena narcisista, las pieles internas, las hojas donde se escribieron todos sus códigos. Eso es lo que las madres dicen que te da cuando te olvidas de la humildad. Creces y te compras corbatas de seda, te pones gotitas de Kenzo Air en las manos para frotarte las mejillas; te consientes. Pero no sabes que estás mimando a un hijo de puta. A un trozo de mierda educado en universidades de primera línea; habla francés como un parisino, y luego…bueno, ya sabes: conquista el mundo con su arrogancia; le pagan por tratar a la gente como mierda (pero ey, si es todo lo que tiene en la cabeza) y durante muchos años no siente nada. Sentir, entiéndeme, sentir no es sentirse Es todo lo contrario, y ya sabes para dónde voy. Conoces mis rutas, por fortuna. Entonces, el otro hallazgo en la disección vegetal es la inusual frescura de estas hojas gangrenadas, sí, como si de sus surcos brotaran aún (quién podría creerlo) gotas de agua pura. Aquí es cuando el mundo se pone de cabeza, y a él se le viene encima todo el peso. Este es el maldito mutismo, tesoro. Esta es la imposibilidad de unir las yemas de los dedos para sentir la vida. Es un adormecimiento temporal, porque lo que sigue es, en resumen, algo brutal. Es el sonido distante de una ola enorme, que viene creciendo desde el horizonte y se acerca. Y suena, primero como un susurro y luego como un trueno. Basta de rodeos, me dices. Al punto, sí, sí, al punto. Después del impacto y la desolación, tiene que volver a sentirse la vida. La terquedad (la fe, la esperanza, y todas las palabras trajinadas y melosas que debemos usar…) Hay algo de vida en su necrosis emocional, en sus latidos, mira, hay algo que se anima, y vuelve a ponerse en pie de guerra.

No estoy cansado. Estoy dispuesto a empezar desde cero.

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