El código postal de un cabrón

Según el libro de curiosidades pseudo científicas y otras enfermedades literarias, ediciones Marasmo, Zarzal, Valle del Cauca, 2001, el último gran aguacero ocurrido en esta ciudad data del 12 de mayo de 1999. Lo demás ( como esta literatura barata que me llega al correo) fue un verdadero fiasco, pensó mirando la lluvia por la ventana.

Todas estas vidas adornadas con cadáveres en cada esquina, todos los conciertos de rock y las marchas sindicalistas, todas las pedreas a las afueras del campus de la universidad. Toda su vida, desde mayo de 1999. Una telenovela mexicana o una novia venezolana; silicona, bótox, y toda suerte de prótesis; las conversaciones pasadas siempre con cerveza nacional, el estupor de los seres queridos, su ensimismamiento, sus problemas de nutrición.

Diez años después, vuelve a descargarse la lluvia con todas sus fuerzas. Y sí, lo menos importante de este día es la llamada telefónica que está por recibir en contados segundos. Él mira la lluvia desde su ventana, se fija en la gente que va de un lado a otro sin ninguna prisa. Nada tan cliché como la imagen del citadino apurado. El hombre de negocios ha muerto, demos gracias a Dios ¿De qué tendría que huír toda esta gente? ¿De quién? La vida ya los había alcanzado tres veces, casi cuatro. La lluvia también. La vida lo alcanza a uno al cabo de 20 años y luego el resto es un sobrado. Lo que queda de uno. Ay, el dolor en la espalda y la reducción notable del semen. La manía de dar todos los días un discurso en la mesa del comedor. Por eso hasta el perro dejó de merodear. Prefirió morirse de hambre antes que escuchar esas diatribas contra el vacío.
Tiempo extra, relleno, reciclaje. Afuera, un anciano estuvo a punto de ser arrollado por un sedán del 2000, color oliva. La maniobra que hace el conductor para esquivar al infeliz peatón lo lleva hasta un pastizal. Ni un rasguño. La pintura de fábrica resiste, el dueño del carro también sale sin una arruga en la camisa. Ah sí, la vida lo alcanza a uno, como esta lluvia que viene del norte, que lo ha venido persiguiendo a uno durante 20 ó 30 años. Por eso este momento es definitivo. El conductor se sienta sobre el capó y saca del bolsillo de la camisa un paquete de cigarrillos. Lo sostiene dos segundos en su mano antes de tirarlo a cualquier parte. Sus carcajadas alcanzan a escucharse hasta muy lejos. Después viene el silencio. Por más que intentemos (bendita manía) ponerle una banda sonora a esto, el silencio que tenemos en la sangre no se puede aliviar. Después del silencio viene la perplejidad.

Suena el teléfono. Es Andrei, puntual, como siempre.

-Ya no eres una promesa. Eres un hecho, eres Dios.
-Dios no es un hecho.
-Eres un genio. Un cabrón. Te daría besos en la frente si estuviera a tu lado.
-Yo te correspondería, pero solo por lástima.
-¿Alguien más se ha enterado?
-¿Con quién podría hablar?

Silencio

-La cita es a las dos, pero con esta forma de llover…
-La lluvia no tiene nada que ver.
-Ve pensando en la vacaciones. Te las mereces.
-Toda la vida me la he pasado de vacaciones.
-Eres un cabrón. Estoy alzando mi vaso, para brindar por ti, cabrón. Escucha el tintineo de los cubitos de hielo ¡Salud, cabrón!
-Soy un número.

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