Nota al pie, de la nota al pie

Usted y yo somos dos vagones de letras en bastardilla. Nos parió la misma mano, nadamos como renacuajos transparentes durante miles de años en la nada que antecedió a las ocurrencias del tipo que nos escribió, a usted y a mí. Un día nos encontramos en la misma hoja, y al infeliz que controlaba nuestras vidas le pareció ingenioso inventarse una historia de amor. Una de las malas, lo que quiere decir que fue una de las buenas, porque somos gente con suerte. Así nos define él. Entonces quedamos bien en las fotos, y una que otra vez fuimos aplaudidos por más de un centenar de personas.
En los veranos leíamos a gente de talla universal, gente que él mismo se inventaba*. Usted hizo progresos notables, porque descubrió más rápido el truco: transcribir, cambiando lugares y personas. A mí, romántico y soñador como soy, me costó bastante tragarme esa decepción. Usted me decía, con razón, que la inteligencia solo hacía que la gente se volviera más mala. Yo negaba con la cabeza, y me ponía las manos sobre los ojos, como tratando de concentrarme en la oscuridad. Usted me obligaba a encarar cada hallazgo con una frialdad que me hacía presentir lo peor.
Todo estaba calculado, en efecto. Usted le dijo al médico que el primer día de nuestra vida como amantes, yo le dije cuál era mi voluntad, en caso de-

Usted no me contó cómo la miró el doctor.

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Curioso: cuando se inventaba obras y autores, era mejor que cuando escribía a nombre propio.

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