Detritus operandi (Helena antes de Sonia)

Helena dice, en su clase de escritura con los ojos cerrados, que anoche descubrió otro de esos famosos trucos que usan los escritores de café globalizado con wi-fi, para vender toneladas de libros. Y Erno, alias vórtice, se anticipa, siempre tratando de tapar lo irremediable, como un gato sobre su arenal. Pero Helena lo pone a raya, silenciando su intención con una mirada, esa mirada de personaje de mujer violada en un filme white-trash. Vórtice se traga las palabras que tuvo en la punta de la lengua, se recoge sobre su asiento, como un niño agobiado por un gesto de adultez. Y muere, dolorosa y lentamente, por segunda vez en esta mañana.

Miren, dice Helena, no es tan complicado. Ojos sobre ella, partículas atómicas fuera de equilibrio sobre ella. Miren, D.H. Lowell reescribe; reinventa;cambia signos de puntuación, cambia el género de algunos objetos o de uno que otro sujeto; D.H. Lowell no podría vivir sin nuestra falta de atención. Silencio. Miren: pega sus textos, uno encima de otro hasta que la mente saturada y desabrida del lector entra en esa laguna blanca y sorda. El coma diabético del cliente…
Pedro interrumpe. Helena lo mira sin mucha emoción, deja sus manos en el aire, en señal de protesta. Pero ya conoce las interrupciones de Pedro. Ahora viene el De Qué Mierda Estás Hablando, tontaza, tú y tu gran trasero. Tú, donde está tu cabeza debería estar tu…etc. Pedro frota su pulgar y su índice derecho, luego cierra los ojos y mueve los labios, como si recitara un mantra. No dice lo que todos ya creen que va a decir. En vez de esto, se desploma con los ojos abiertos (sabrá Dios qué revelación tan poco recomendable estará teniendo) y la boca llena de espuma. Uno más. Uno menos. El profesor Dafoll, alias doctor cucaracha, toma el teléfono y llama a los paramédicos de la Facultad, con cara de saber qué es lo que se debe hacer en estos casos, y el problema que realmente le atormenta (eso leemos en su rostro, especulando así como nos gusta hacerlo) es sobre qué hablar con esta partida de inservibles mientras llegan los primeros auxilios. Sin tardar mucho, lo primero que cucaracha hace es pedirle a Helena que continúe. Todo el mundo está esperando, dice. Pedro se parece cada vez más a un Pedro muerto. Los estudiantes de literatura con énfasis en producción para nuevas plataformas murmullan. Algunos se miran entre sí, tal vez con algo de sorpresa, pero nunca escandalizados. Helena levanta su mano derecha, pidiendo atención. Hay gente que ha estado dormida todo el rato, puede notar Helena al lanzar una mirada de reconocimiento al grupo. Si Pedro no está muerto, dice,  está preparando algo. Está escribiendo el primer capítulo de la novela que viene tratando de escribir desde hace diez años. Helena ve rostros pálidos y ojos desinteresados; Helena ve cómo el silencio le recuerda que todos saben que el pobre Pedro tiró a la basura su carrera de escritor cuando decidió irse a vivir con ella, con Helena.

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