Etiqueta boreal

Tan falto de imaginación estaba Hans el digitador, que decidió volverse un lector incansable. Leyendo, pensaba él, podría llegar, con suerte, a  lugares que su limitada capacidad de ingenio ni soñaba con alcanzar. Así pues, amigos, colegas y amantes (no, amantes no) lo vieron convertirse en un comelibros.

“Sí, lástima que pasó lo que pasó.” Ana, 22 años, compañera de trabajo.

“No sé de quién me está hablando” Arturo, 40 años aseador.

“Siempre creí que era…ya sabe, raro…” Alicia, 29 años, secretaria.

“Hans…no sé por dónde empezar.” Aurora, 35 años, directora de cine

“Dígame qué hizo, porque francamente parece que me está hablando de un donnadie” Arnulfo, 56 años, profesor jubilado.

Pero qué diablos iba a leer el pobre Hans, si ya todo estaba descubierto. Y no era tan tonto como para no saberlo; no, no para este tipo de retos.

Antes de hacer lo que hizo, dejó una nota, dirigida a uno de sus amigos, no necesariamente el más cercano. Era, de hecho, un amigo reciente. Pero quién va a ponerse romántico con el tiempo.

Hombre, me quedé pensando en lo que hablamos la vez pasada y la respuesta es no; mis provilegios no me alcanzan para mostrarme ante el mundo (de eso se trata, finalmente) como un alegrón. Todo lo que tengo, como tan detalladamente me has  ayudado a inventariar, es sin duda una bendición, pero el aguijón de la infelicidad ya venía incrustado , desde antes de nacer. No hay necesidad de explicar nada más. El deporte preferido de nuestra escuela es el desprestigio y el menosprecio por los méritos del otro, especialmente si aquello que hace (existir, para empezar) te ofende de alguna manera.

Esto, apreciado referido, no es lo que tenía en mente responderte. Ya ves: otro fracaso. Simplemente olvidé lo que vine elaborando todas estas tardes, mientras iba por el periódico o cuando tomaba el café a las 8 y a las 11 de la mañana.

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Suena un timbre.

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