Dos cosas: comer y amar

Hoy tuve que usar el paraguas todo el santo día. Cuando salí miré hacia la autopista que pasa al lado de mi casa: sobre el puente peatonal caminaban decenas de personas, agarándose de sus paraguas. Caminé apurado hacia el paradero del bus, sintiendo el aire húmedo en mis fosas nasales.

Las parejas discutiendo en esta ciudad: el pan tieso de cada noche. Las mujeres se cruzan de brazos y miran desafiantes, sordas, al hombre que intenta vencerlas con su discurso neurótico. Tengo la impresión de que los hombre de esta ciudad son poco hombres y esto da origen a todos los problemas; uno los ve muy vanidosos y dramáticos, siempre al borde del llanto. Y son feos, todo el mundo es muy feo en esta ciudad. Parecen mongoles, pero son más enanos que el mongol más enano, y no saben hablar esto que hablamos nosotros, no, esa gentuza tampoco sabe hablar. Concluyo que no saben tampoco llorar, y eso me deja con una especie de sabor amargo en la boca. No sé por qué, y no lo pienso resolver. Camino mirando el suelo, para no tropezar. Pero en mi cabeza ya he tropezado mil veces. Odio esta ciudad, pero aquí estaré un buen rato, así que me olvido de todas las pendejadas y me concentro en una sola cosa: comer.

Addenda: en el bus de regreso a casa, a unas pocas cuadras de mi parada, veo a un tipo solitario, un homesexual a todas luces, ojos brillantes y labios muy finos, labios como de mujer, saludando con entusiasmo a un joven con síndrome de down que le han sentado a su lado. Le da un beso en la frente y lo mira maravillado, ya como si aceptara este tipo de retos con la benvolencia y la sabiduría de un mártir, (o alguien bien familiarizado con este tema de ser mártir),ya como si desconociera y negara toda suerte de designio metafísico: el joven enfermo es sencillamente una rareza digna de admirar.

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