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Un hombre fundó una empresa de insultos telefónicos. Material fresco siempre, su consigna. A duras penas los más creativos podían sobrevivir la primera semana. Académicos, estudiantes de bacteriología y masajistas. Muchos llegaron con trayectorias impresionantes, pero el fundador los despachaba. Superarse día tras día en la arquitectura gramatical de los insultos, algo que pocos lograban. No bastaban los motivos personales, decía. Un día, el fundador se enamoró de alguien. De una mujer fuerte y ágil de mente. Una mujer con un corazón atlético. Un par de pulmones elásticos. Una mujer que aparecía y se esfumaba así, como un arcoiris. El día de semejante revelación nuestro hombre se quedó mirando por la ventana que daba a la calle. Podía ver una pista de hielo que estaba abierta todo el año. Qué idiotez, pensaba él, como si aquí…como si aquí tuviéramos estaciones. Daba lo mismo, daba lo mismo. Luego sonó el teléfono. La secretaria entró a la oficina.

-Tiene una llamada-le dijo la buena mujer.Vestía una minifalda para morirse de ataque cerebral. Ella lo sabía, claro que sí.

-No estoy para nadie-dijo el gran empresario de los insultos. La secretaria hizo silencio. Tartamudeó y volvió a callar.

-Ummm. Usted…usted es un limpianalgas- dijo la secretaria-¿No ve que está echando todo a perder?

El buen hombre sintió ganas de bailar, de correr, hacer cosas. Cosas locas. Luego le dijo a la secretaria: no le permito que me hable así.  Cierre la puerta al salir.

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