Sedán-comemierda. Vaquero ambiguo. Nota al padre

35 minutos.Los niños están encerrados en el carro. El bloqueo automático activado. Tendrán que golpear los vidrios con sus puñitos cuando se les esté acabando el oxígeno. No hay de otra, piensan los padres, no hay de otra. Los niños siempre terminan escapando, huyendo con gitanos o con aves fantásticas hacia el septentrión.

Los padres han tenido una discusión motivada por una patochada. El padre ha levantado la voz, dejando claro que un hombre no se hace con diplomas ni con discursos, con fotografías en cuadros de honor y publicaciones trimestrales, no. Un hombre tiene que sufrir, y sobre todo tiene que haber sido humillado. Un hombre es un comemierda, y los come mierda gritan, gritan fuerte. 45 minutos . Por amor a Dios ¿Quién se atrevería a decir una palabra? 50 minutos, el viento que entra por la ventana de la sala tumba un portarretrato con una foto de los bisabuelos, sendos comemierda. Los padres dejan de discutir. También derriba una botella plástica, es un batido de fibra y vitamina RD con sabor a vainilla. El padre necesita tomar un vaso de aquella asquerosa preparación todas las mañanas.[1] Una hora, 5 minutos. Viendo el carro desde algunos metros, pueden verse los vidrios empañados. Nada más puro que el aliento de un niño.


[1] Nota al padre: colon irritable, algo normal. No es para tanto. Mire que se casó a una buena edad y ha hecho casi todo lo que ha querido. Y ahora tiene unos 55 años. No más de sesenta, en todo caso. Ha logrado unas cuantas cosas: tiene un carro sedán, bolsas de aire para los cuatro puestos. Hay desventajas, claro, como todo: el coeficiente aerodinámico de un sedán es peor que el de otras carrocerías. Cuando el aire se despega del borde posterior del techo, empieza a crear turbulencias sobre la tapa del maletero. A veces, usted quisiera que el auto alcanzara más velocidad. A veces, un muro alto y blanco que aparece en la vía tiene el encanto de una quinceañera en celo. Usted sólo tendría que dejar el pie hundido en el acelerador y echarse hacia atrás en el asiento, las manos debajo de la nuca. A veces, usted conduce a 80 kilómetros por hora y su mujer hace un ruido como el de un domador de bestias. Usted odia que haga eso, pero nunca se lo ha dicho. Si no reduce la velocidad, el coche podría irse directo al abismo. Usted vive en una región montañosa, con muchos precipicios y mujeres ignorantes y fáciles de deslumbrar. Claro que a los cincuenta y tantos años, el deslumbramiento es algo menos complejo. Usted se fuma un cigarrillo (no en su casa, no con los reproches onomatopéyicos de su mujer) y hace un puchero. Usted es un vaquero bien dotado y en cualquier esquina podrá montarse lo que se le atraviese, así que no se trata de impresionar. Solo tiene que mantener un abdomen templado y, por Dios, hacer todo lo posible por ocultar la calvicie. Ya ve, no es tan complicado.

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