2.

Este ángel huele mal y disemina su peste por todos mis espacios. Pero lo compadezco, he aprendido a amarlo.

Encontrarlo en este momento de la vida me confirma ciertas cosas, como el valor de las particularidades.
Se puede leer sobre esto en algunas bitácoras de médicos: hay pacientes con la misma enfermedad, pero su comportamiento, y el devenir de la desgracia, es único. Téngase presente que los médicos no creen en el destino, y en eso de que cada infeliz tiene un caso particular porque así está escrito. Los ángeles impresentables como éste sufren de distintas maneras (ser un ángel es una desgracia). Este ángel que me acompaña en el fin tiene problemas con sus olores, inaguantables, incrustados como animales rabiosos en todos los rincones de su cuerpo, en sus pliegues y en su boca. Esto sólo lo hace más hermoso para mi observación.

Pero su más asombrosa particularidad es otra: son la fe y la firmeza moral de este ángel, que no anulan su lucidez. Cuando me habla con el propósito de salvarme, interrumpe su discurso para sufrir lapsos de depresión y furia; su pose se descompone, atemorizándome y asqueándome. El hígado parece crecerle y agudizar con gases y emanaciones furiosas su hediondez interna.

-Este mundo no tiene remedio…

-Sí, es cierto – respondo yo.

-Per todo finalizará pronto…( agarra sus cabellos con ira,y arranca segmentos que en dos segundos vuelven a crecer) …¡Ah! ¡Ah!…

-Es lo que merecemos, supongo-

Y aunque digo un par de estupideces más, es cierto que hace bastante tiempo ha dejado de escucharme. Al parecer, los ataques de rabia lo ensordecen y lo reducen a un estado vergonzoso. Tal vez hace alguos días lo vi tiirado en un andén, arropado con cartones de Federal Express. Di un salto de ballet para no tropezarme con él. No quisiera despertarlo. Él sabe lo que hace.

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